ARA SOLIS | O |

11 oct 2005 . Actualizado a las 07:00 h.

HACE UNOS meses, mientras las llamas amenazaban a un pequeño pueblo muy cerca de Caión, un vecino dio la clave para entender cómo se había producido el fuego que estaba devastando centenares de hectáreas de monte bajo y amenazaba con llevarse por delante también a las casas. «Os coellos non foron», me dijo cuando le pregunté si sabía lo que había pasado. Pensé entonces que jamás volvería a oír una respuesta tan gallega y, a la vez, tan clara. Me decía entre líneas ese paisano, que a los únicos que beneficiaría el incendio era a los cazadores porque, tras el paso de las llamas, el pasto crecería verde y fuerte y, consecuentemente, atraería a los famosos coellos , esos que no sabían encender una cerilla. Desde entonces, lo confieso, pensé que los cazadores eran unos seres malvados a los que no les importaba llevarse por delante animalitos, montes e incluso casas. Ayer me di cuenta que me había equivocado. Lo comprendí cuando oí la voz desesperada del presidente de una de las 27 asociaciones de cazadores que hay en la Costa da Morte. Me dijo, casi rozando la desesperación, que para ellos los montes eran su particular campo de fútbol, que los mimaban y cuidaban porque unos meses al año podían disfrutarlos. Casi lloraba cuando me contaba que hoy comenzarían la temporada de caza sin poder disfrutar de su coto porque unos energúmenos -él utilizaba términos incluso peores- le habían prendido fuego. Y volví a pensar: Si los coellos no son los que provocan los incendios; los ecologistas, tampoco, los amantes de la naturaleza, mucho menos, y los cazadores, ni de coña, ¿es tan difícil encontrar a esos que tanto daño le hacen a nuestros bosques? Para ellos se me ocurren mil maneras de quitarles las ganas de volver a utilizar el mechero. Pero esa es otra historia.