Reportaje | El lujo vara en Camariñas Los saqueos y la fuerza del mar condenan a un yate de dos millones de euros a convertirse en chatarra frente al Cemiterio dos Ingleses tras comprobar que no podía ser reflotado
09 sep 2005 . Actualizado a las 07:00 h.Apareció flamante como una joya a los ojos de los camariñáns en la mañana del jueves. Estaba allí, sobre las rocas del cabo Tosto, intacto y reluciente. Parecía que se había encaramado sin esfuerzo. Pero eso era sólo por fuera. El Art venía herido. Las piedras de la escarpada Costa da Morte le habían pasado factura al casco. La joya se había equivocado de destino. Construido en Inglaterra bajo un diseño de hace cinco años, el Art estaba llamado a puertos como los de Montecarlo o Mallorca. Seguro que quienes lo diseñaron, en la empresa Sunseeker, no le auguraban tan triste fin. Lo suyo era, más bien, ser escenario de fiestas de empresarios, ricos y famosos, capaces de gastarse los dos millones que cuesta la nave. Él, que pertenece a una serie de barcos llamada Manhattan, fue a acabar, como el Serpent , en las rocas de Trece. Eso sí, parece que al menos su interior se salvó. En las casas de algunos vecinos, al menos. Y es que era una pena que todo aquello se fuera a pique. Porque el barco es una auténtica vivienda de lujo. A las últimas tecnologías en navegación hay que sumarle los detalles. Tiene aire acondicionado, vitrocerámica, camarote para el marinero -y otros cuatro para la tripulación- pantallas de plasma, maderas nobles como la teca, salón, dos baños, dos puentes de mando, uno descubierto y otro cubierto, y un largo etecétera al que también se le pueden poner extras como caja fuerte, o suelos de granito en los aseos y, en general, todo lo que a uno se le ocurra y pueda pagar, explican quienes los venden. En España la distribución la lleva Marina Estrella, y sólo de esa marca llegan al mercado 60 unidades al año en el país. Al parecer, hay bastante gente que se los puede permitir. El inalcanzable yate de Camariñas, capaz de surcar el Atlántico a más de 60 kilómetros por hora, no pudo resistir la dureza de la Costa da Morte. La piedras respetaron a sus cinco tripulantes, pero no al barco. La gente se dedicó a llevarse cosas de su inmaculado interior, desde el radar o los asientos hasta las botellas de champán que allí encontraron. Ahora el mar convertirá en astillas lo que un día fue un sueño.