Mariachis

LUCIANO CAPURRO

CARBALLO

ARA SOLIS | O |

23 ago 2005 . Actualizado a las 07:00 h.

HAY METAMORFOSIS que me rondan la cabeza desde niño. Ya por entonces, después de la misa de las fiestas de Santa Mariña, sobre el palco de la orquesta y con el hueco del bombo de la batería como sagrario, tuve mis primeras ensoñaciones. En ellas, la banda de gaitas de Pereiriña dejaba de serlo. Así, sin que los gaiteiros se diesen cuenta, les iban creciendo largos bigotes, les salía poncho y hasta gorrazo, y la gaita con su ronco sonar dejaba paso a una guitarra. Entonces el músico chillaba «¡ándale!» y se arrancaba en marichis mientras mi padre se pegaba al bochinche con tintinear de espuelas y la amenaza de sus dos cananas. Mis mariachis seguían a la procesión. Se cantaba Caballo prieto azabache para que la Santiña no se sintiese sola. Luego, los de Pereiriña, heterodoxos, entonaban el mito de las tonadas de fina aguja marxista: «Como el motor de la historia, yo soy un fiero caballo». Hubo enfado eclesiástico y se calentaron los ánimos. El de la sotana se negaba a la subasta de pollos e incluso sonaron disparos de balas de Colt surcando los cielos como bombas de palenque. Balas que sólo hieren a las nubes, porque hay fiesta. A los cirros llegaba también yo, atravesado por los ojos negros de la bella que manejaba con mano dura la cantina. Pero ella estaba hecha para gente con pistola, mariachis de los que templan gaitas, de esos que descansan cubriendo sus ojos con el gorrazo calado y con el fouciño al cinto. Quería ver a las abuelas de Salto gritarle «¡Ihi!» al caballo y a la vaca un «Pasá nomás ahorita mismo a la verita del camino» en lugar del ya clásico «Vai a carón». Ellas seguirían llamándose Marela y Condesa, y soñarían a su vez con un gallardo toro llegado de los secos pastos de Tijuana.