Las piedras mágicas de Traba de Laxe

ARSENIO PENEDO

CARBALLO

TERRA E XENTE | O |

21 jul 2005 . Actualizado a las 07:00 h.

NO SIEMPRE somos conscientes, en Galicia, de que habitamos un espacio humano cuyos orígenes se pierden en la niebla de los tiempos. En este país no es extraño, doy fe de ello, sorprender a una pareja amándose en lo más profundo del bosque, al abrigo del dolmen que alguna vez albergó los restos y las ansias de trascendencia de todo un clan de nuestros antepasados. Tampoco es difícil -y, si lo dudan, visiten el castro que tengan más a mano- disfrutar del espectáculo de un grupo de chavales correteando entre los restos de lo que antes fuera una población prerromana, tal y como dos mil años atrás, en ese mismo lugar, hicieran los jóvenes de antaño. Alguien pensará que esto de ocupar sucesivas generaciones el mismo espacio geográfico ocurre en toda la tierra habitada, y seguramente tendrá razón. Pero pocas regiones del mundo conviven de forma tan íntima con la constancia física de su pasado como Galicia, y ese privilegio se lo debemos agradecer a los primitivos pobladores de estas tierras, que vivían inmersos en un mundo sumamente precario, sujeto a lo que para ellos eran drásticos e inexplicables cambios. En ese universo prehistórico sólo las piedras parecían eternas, no sometidas a inflexible ley de la muerte y la desaparición; por ello nuestros predecesores no sólo construyeron sus viviendas con ellas, sino que también le concedieron un valor extraordinario a algunas de las peñas que dibujaban su entorno, vinculándolas con aspectos mágicos de su vida cotidiana e incluso con el mismísimo más allá, ese lugar al que todos, comenzando por los ateos convencidos, tenemos la esperanza de arribar algún día. Así, los antiguos gallegos emplearon una parte importante de su tiempo, esa que el estómago y la necesaria reproducción de la especie les dejaba libre, en decorar ciertas piedras con las figuras que vagaban por su mente. Y de esta manera colmaron a la Costa da Morte de pétreas, mágicas e insospechadas esculturas. En todo esto pensaba yo cuando, hace unos días, descubrí entre las piedras que habitan los alrededores de Traba a multitud de increíbles imágenes. No sé a ciencia cierta si esas figuras son exclusivamente obra de la naturaleza o si el hombre de hace tres mil años completó el trabajo para nosotros, dándoles ese toque que distingue su humanidad. Sólo sé que, caminando con los ojos bien abiertos por los alrededores de la playa, creí ver caras conocidas, animales prehistóricos, enamorados besándose y aquelarres congelados; nunca antes visité museo tan extraordinario ni admiré tan increíbles estatuas, bañadas desde siempre por el silencio, el viento, el sol, el tiempo y el mar. Ya sé que todo esto pudo ser obra de una desbocada fantasía pero, ¿quién es capaz de discernir en esta tierra gallega entre lo real y lo imaginado? Alguien, muy sabio, dijo hace algún tiempo que la historia del arte nació con la primera piedra que talló el hombre y esa afirmación me permite aseverar -sin lugar a dudas- que la historia del arte nació en Galicia. Quien discrepe que visite el lugar donde viven las piedras cuyas fotos adornan esta página.