ARA SOLIS | O |

11 jul 2005 . Actualizado a las 07:00 h.

ME GUSTAN los bares de toda la vida. Ésos en los que todo el mundo se conoce y no hace falta pedir nada porque nada más entrar ya te están poniendo el café con leche en la barra. Ésos en los que el camarero, con sólo mirarte, ya sabe si tienes ganas de cháchara o debe dejarte leer el periódico en paz. Ésos en los que te ponen la mejor tapa aunque sólo pidas un vaso de agua. Los bares en los que se preocupan cuando estás dos días sin pasarte por allí. No suelo ser de las que se meten en las conversaciones de los clientes de toda la vida, pero, confieso, siempre me escondo detrás del periódico para poder escuchar las charlas ajenas. A veces se me nota demasiado porque no puedo evitar la risa cuando oigo algo que me hace gracia. Pero en los bares de toda la vida no importa que haya curiosos porque los problemas y las alegrías se cuentan en voz alta, precisamente para que los de toda la vida -que ya son como de la familia- se enteren, quieran o no, de lo que les pasa. Hace unos días me pasó en A Laracha. Haciendo tiempo no recuerdo para qué, me refugié en una cafetería casi tan antigua como el pueblo. Sentado en una mesa había un jubilado mirando al frente con desgana. Me senté en la mesa de al lado y me escondí como siempre detrás de las hojas del periódico. El pensionista me interrumpió: «Perdoe, señorita, ¿sabe xogar ao tute?». Le contesté que no y él se resignó con una mueca de tristeza. «¡Manolo, tes que buscar novos compañeiros!», le dijo el dueño con sorna y, respondiendo a mi cara de curiosidad, me explicó qué le había pasado a sus tres compañeros de partida: «Dous con gripe e outro de vacacións coa filla». Manolo asintió y me preguntó muy serio: «¿Cre que se poño un anuncio no periódico atoperei sustitutos?». Espero que sí.