CRÓNICAS DE FISTERRA | O |
05 jul 2005 . Actualizado a las 07:00 h.PARA HABLAR o escribir del comportamiento del mar con cierta credulidad se necesita ser mariñeiro, marino mercante o de guerra. Suelo quedar muy sorprendido cuando personas ajenas a estas profesiones -por muy licenciados o doctores que sean- emiten opiniones e incluso escriben libros sobre los accidentes marítimos. Hasta llego a pensar que el conselleiro de Pesca debería ser un mariñeiro. El conocimiento de esta ex-fuente de riqueza no se aprende en los libros y sí en las vivencias diarias en este medio. Criado entre agricultores y hombres de mar, siempre me llamó la atención que los denominados lobos de mar sienten un profundo respeto por éste, y más cuanto más navegaban. Hay una serie de libros publicados por gente de oficina y escritorio sobre los naufragios ocurridos en la Costa da Morte que a los profesionales de este líquido elemento les causan risa. Es curioso que con niebla no se vea la luz de un faro y sí la de un farol portado por una vaca o que las embarcaciones se aproximen a tierra cuando hay tormenta.... ¡Dios mío! Un estudio serio realizado por personal competente sobre dichos naufragios establecería las verdaderas causas de los mismos y esas extrañas invenciones que circulan por ahí causarían repulsión. La ley del mar -no escrita, pero sí practicada- es el primer freno a tanta tontería. Veámosla: a la una de la tarde del 19 de junio de 1882, el vapor Sunrise se introdujo violentamente en los bajos de Duio. La causa no se sabe. El pescador de Fisterra José Domínguez Pazos -cuyos descendientes actuales me gustaría conocer-, en compañía de dos hijos más bien pequeños, al darse cuenta del naufragio por el ruido del choque y las peticiones de auxilio, cortó la amarra y se dirigió al lugar de la catástrofe. Sacó del mar a dos tripulantes y después salvó con su lancha a 31 náufragos del Sunrise . Unos días después, José Domínguez Pazos recibía una condecoración de la Sociedad Española de Salvamento de Náugrafos, así como un premio de 143 pesetas concedidas por el Gobierno británico. Nunca entendí la causa de la ausencia en Fisterra de un monumento al mariñeiro.