ARA SOLIS | O |
01 abr 2005 . Actualizado a las 07:00 h.EL GALLEGO es celebrado en todo el mundo por su apabullante voracidad. Es bien sabido que lo primero que se hará en la Costa da Morte cuando del cielo caiga el primer marciano, es probarlo. Se hizo durante años con todo tipo de bichos: si se mueve, se come, esa es la ley. Que le pregunten a los gorrinos si se come todo o no. Dicen que en la raíz del asunto está la pobreza. Ahora más bien se hace por vicio. Y pobre del que deje algo en el plato. Con todo, en la Costa da Morte es inevitable distinguir categorías. Dicen que en el mundo de los sabores nada se ha escrito, pero eso falso. Hay leyes básicas, como notas perfectas. El caviar ha de probarase con champán francés, el hígado de oca bien cebado con un sauternes, las ostras nacieron para bajar con un chablis o con un albariño que sea una fiesta de frutas verdes pasando por la garganta. Aquí también podemos entrar con orgullo entre los clásicos. Los nunca bien ponderados grelos de Buxantes pueden danzar con un jovial mencía, los salmonetes de roca, las mejores palometas rojas del globo terraqueo o los meros de quince kilos piden a gritos un Emilio Rojo. Nuestros peces aspiran al rango de clásicos. Ya lo son, actores célebres, con la elegancia que aporta que mueran sin soltar un grito.