17 ene 2005 . Actualizado a las 06:00 h.
Teresa Rabal y su marido, Eduardo Rodrigo, alquilaron el Palacio de los Deportes en los años 80. Se jugaban sus cuartos, y perdieron una buena cantidad de ellos. Los asistentes no llegaron a pandilla: apenas una decena. Así que decidieron suspender el concierto, pero tuvieron un detalle con sus pretorianos. Tomaron los instrumentos y se dirigieron a la taquilla, donde actuaron para los cuatro gatos que habían adquirido una entrada cuyo importe, claro, fue devuelto. El singular concierto acústico fue breve, pero sentido.