Ni Plinio

LUCIANO CAPURRO

CARBALLO

ARA SOLIS | O |

04 ene 2005 . Actualizado a las 06:00 h.

PLINIO EL VIEJO también habló de la Costa da Morte. Realmente no mucho, porque entonces parecía más interesante explayarse sobre la Bética o Tarraco y tenía mucho más glamur tomar los vinos en Lucus con lamprea del Miño que dejarse caer de fin de semana por el Finis Terrae a darse un homenaje con arácnidos centollos. La Costa da Morte cotizaba a la baja en la galante Roma lo mismo que en la prosaica Madrid o en la caciquil Santiago de nuestros días. De hecho, Plinio el Viejo (el Joven no fue su hijo, sino su sobrino), nunca se dejó caer por estos andurriales. Murió trágicamente en un pueblecito turístico de mayor categoría, aplastado por la lava del Vesubio en su retiro de Pompeya. En aquel lupanar, las hetairas se anunciaban impúdicamente con pintadas en las paredes de edificios públicos. Era posible, además, regalarse con vino de Lesbos o de Falero y hasta puede que hubiese catas de caldos palestinos. Todo muy moderno y relajado, en alcobas con calefacción y villas con fuentes y mosaicos en el suelo. Nada que ver con el Finis Terrae de la época. Por entonces, tal vez los romanos más aventureros llegaban a la Langosteira temblando de miedo y confundiendo a los furtivos con neopreno con seres mitológicos tipo sirena pero más sañudos y mucho más canallas. No consta en las crónicas, pero en proporción inversa al expolio de la pesca, lo normal sería que entonces las lubinas se capturasen a pedradas y que su tamaño fuese similar al de una vaca pequeña. Plinio tampoco lo cuenta, pero es posible que el centollo, mimado por la indiferencia del hombre y la abundancia de alimento, alcanzase el radio del dolmen de Dombate. Ahora todo eso se perdió y tal vez Plinio, cargado de cenizas vesubianas, tenga menos motivos para venir.