Crónica | Historias con nombre
17 may 2004 . Actualizado a las 07:00 h.?n la Costa da Morte hay cientos (no, miles) de historias de emigrantes al extranjero (las vivencias nacionales son más recientes) que vuelven. Cada una con sus nombres y apellidos, sus éxitos o sus fracasos, sus miserias y virtudes. Sus vidas anodinas y cartesianas o plagadas de jugosas anécdotas. De buena y mala suerte, de alegrías y penas, pero, sí hay dos características que definen a la inmensa mayoría, son éstas: gente normal que trabajó mucho. Leonor Fernández Mira puede ser un ejemplo. Natural de Coristanco, casada con Fidel Miramontes, de Ordes, madre de chica y chico, pasó con su marido 14 años en Zúrich (Suiza), de donde regresó hará siete años. Trabajó en la hostelería y en una agencia de viajes, y su marido, en la construcción. Cuando decidieron volver, se enfrentaron al clásico problema, «de que vas a gañar o pan de cada día». Montaron una empresa de gestión de residuos, y la cosa marcha. Al principio, lo que más le gustaba de haber vuelto era el contacto con la familia, pero con el tiempo uno va echando de menos algunas cosas de Suiza. «Por exemplo, que aló hai moita seriedade no traballo, e desde logo hai moita mellor relación entre o que se fai e o que se paga». Salvo algunas trabas burocráticas, reconoce que en Suiza estaba «contentísima». Ahora, en la Costa da Morte, las historias de inmigrantes ya empiezan a ser más comunes, pero son aún muy recientes. He aquí otro ejemplo, el deRoberto Antelo Moreira, uruguayo de nacimiento hace 43 años, aunque esos apellidos delatan un pasado comarcal que en su caso enraíza con Cereo-Coristanco, de donde se marcharon sus padres hacia Montevideo (el padre está acá , en una residencia, y la madre sigue allá ). Vida de trabajador Casado, con dos hijos de 14 y 17, su peripecia vital podría ser utilizada como el encefalograma de la caída del imperio del bienestar en la República Oriental. Una vida de trabajador y comerciante, dura, pero con satisfacciones personales que un día empezó a quebrar cuando todo un sistema social se vino abajo. Escucharse es meterse en la piel de un país lejano pero tan cercano: tuvo un negocio de reparto de charcutería, le iba de muerte, lo fue ampliando, compró coches, un supermercado, pero la curva decreció. Los clientes empezaron a deber, la crisis se cebó con todos los habitantes, el negocio empezó a ir a menos, y tuvo que marcharse (por cinco veces lo hizo) a Buenos Aires. Tampoco allí plantó vida, hasta que decidio arremangarse y dar el salto del Atlántico, el 18 de octubre del 2002, a la tierra de los suyos, que ahora es la suya. Primero llegó él solo, entró en una empresa que como si no existiera, luego a ver qué pasaba, y pasaron seis meses y llegó el núcleo familiar. Los chicos están bien, se integran con el resto y se acostumbra; la señora trabaja, él también lo hace en una gasolinera. ¿Es una vida dura? «No, diferente». Seguramente se quedará aquí, pero, ¿piensa en volver? «Un uruguayo siempre piensa en volver».