A Barca se multiplica por tres

Eduardo Eiroa Millares
Eduardo Eiroa MUXÍA

CARBALLO

En directo | En la romería Durante toda la tarde de ayer se formaron caravanas de varios kilómetros para acceder a Muxía en el día grande de sus fiestas

13 sep 2003 . Actualizado a las 07:00 h.

La romería de A Barca batió ayer todos sus récords de público. Romeros y juerguistas colapsaron un pueblo que roza los 5.000 habitantes e hicieron que por un día superase en población a Santiago. Según los cálculos del alcalde, Alberto Blanco, pasaban de las 100.000 personas. En Madrid no hay atascos como los que se veían ayer en las entradas del pueblo. La fiesta empezó el viernes y los más precavidos llegaron el primer día, plantaron su tienda y se quedaron a esperar. Ayer a mediodía la temperatura, más propia de los mejores días de agosto, presagiaba tormenta. Tormenta de gente. A las cuatro la llegada escalonada se convirtió en avalancha. Las retenciones, a las cinco y media, llegaban hasta Moraime, a tres kilómetros del pueblo. Cuatro horas más tarde la línea de coches se extendía hasta Sobremonte, a más de cinco kilómetros del santuario de A Barca. La entrada del pueblo y sus alrededores presentaban un aspecto más próximo a Woodstock que a otra cosa: la playa, los montes y casi las cunetas estaban cubiertas de tiendas de campaña y de coches. En el centro era imposible moverse en coche. También dejarlo en algún sitio. El aparcamiento especial para autobuses, lleno. Los 32 bares de Muxía se habían multiplicado espontáneamente por tres. Docenas de chiringuitos salpicaban el camino hacia el puerto. Además del gallego, en la calle se escuchaba una mezcla de idiomas más propia de una capital. Peñas, grupos y pandillas despojaban poco a poco los bares de su contenido. En las aceras, un uen número de puestos le daban a la situación el aspecto de un día de mercado. A un kilómetro del centro, en el santuario, las misas se sucedían una tras otra con un éxito de público similar al de un estreno de Hollywood. Fuera, entre las rocas, la maltrecha piedra volvió a abalar para delicia de los que a ella se subieron y se afanaron en menearla. «Se chega a estar reparada -comentaban con sorna en el pueblo- seguro que a partían outra vez». A Barca transformó Muxía mucho antes de que empezaran los conciertos. Una orquesta, Santiago de Madrid, era la que ponía la mejor música de noche, pero por las calles aclaraban que lo de la música era lo menos importante. Muxía entera se convirtió en el escenario de una fiesta. En los sitios más insólitos aparecía una mesa con un grupo sentado alrededor: en carreteras cortadas, en callejones. Cualquier espacio verde servía también para montar la tienda de campaña. A veces, en algún punto del pueblo, aparecían amontonados sacos de dormir de los menos exigentes. Es que la fiesta arrancaba con un programa que no termina hasta las nueve de la mañana con grupos y bandas recorriendo las calles tocando sin parar. A las afueras, control de alcoholemia. Todo apunta a que los agentes no darán hasta que el martes todo termine.