Orvallo para 16 sonrisas

Luís Pousa Rodríguez
Luis Pousa A CORUÑA

CARBALLO

Crónica | La despedida de los niños saharauis

07 sep 2003 . Actualizado a las 07:00 h.

Les sorprenden aquellas cosas que el urbanita coruñés, a golpe de rutina, casi ignora. Se asombran, con sus ojos morenos y enormes, de las estanterías atestadas del hipermercado, de la pantalla azulada del ordenador, de los videojuegos, del agua que mana sin traumas del grifo, de la arena tibia de la playa de Riazor, del murmullo del mar, de la milagrosa lluvia de agosto y de las piscinas, esos oasis artificiales y teñidos de cloro. El agua, un infierno para el humedecido gallego, arranca una risa casi infinita al habitante de los campos de refugiados de Argelia. «Vacaciones en Paz» Por eso, el día se vistió de abultados nubarrones grises para despedir a los 16 pequeños saharauis que, como cada verano, han pasado por A Coruña con su estela de ilusión, su sonrisa gigantesca y su capacidad de fascinarse con lo cotidiano, un hechizo que resucita cada año, gracias al programa Vacaciones en Paz . Durante unas semanas, los niños cambian el hostil paisaje de los campamentos de Tinduf, en Argelia, por los hogares gallegos. De hecho, todos hablan un perfecto castellano (con pinceladas de gallego) que ya es su segunda lengua. Ya puestos, hasta el orvallo rindió ayer tributo a los 16 pequeños, acariciando por momentos el asfalto de la ronda de Outeiro, y los rostros emocionados de más de un veterano. En julio ya lo advertía Antonio Gómez, uno de los padres de acogida: «Lo peor es cuando se marchan». Mes y pico más tarde, se corroboraba la frase. Tocaba pasar el trago del adiós, a las puertas del centro social de Labañou, punto de encuentro para las familias y los pequeños, cargados de regalos, de recuerdos y de guiños cómplices con sus hermanos coruñeses. Minutos antes de las siete de la tarde, bajaban de los coches, aferrados a sus bártulos y a sus sonrisas. «Ni un solo día estuvo triste», apunta uno de los padres adoptivos , que ya repite experiencia por cuarto año. Llegó el turno de los besos, los abrazos y hasta las lágrimas (el otro orvallo), pero se impusieron, de nuevo, las sonrisas para iluminar la despedida desde las ventanillas del bus. Hasta los vecinos de la calle Colombia, acodados en las ventanas, se asomaron para enviar sus recuerdos al Sáhara.