Apenas existen restos de chapapote en unas rocas plagadas de buenos percebes, mejillones y erizos
26 may 2003 . Actualizado a las 07:00 h.Las islas Lobeira fueron las grandes olvidadas televisivas durante la crisis del Prestige . El mimo que se le puso al parque natural de las Illas Atlánticas o el despliegue en las Sisargas, confirmaron que las Lobeira se reafirmaban en su papel de hermanas pobres. El chapapote, como era de esperar, llegó a la isla del faro abandonado. Llegó pero se encontró con la resistencia enconada de las olas salvajes del océano Atlántico. Aunque no se sabe cómo están los fondos, lo que despunta sobre la espuma del mar y lo que alcanza la vista bajo ella rebosa salud. Ayer una embarcación de percebeiros se acercó a las rocas para coger muestras que analizar. A la lancha de José Castro subieron percebes y mejillones recogidos en la rocas por Sergio Buiturón, percebeiro de Sardiñeiro. Cuenta él que hace meses que no visita las rocas, pero que, dejando a parte las huellas dejadas por los furtivos, el marisco crece abundante y vigoroso. A la espera del resultado de laboratorios, ni la nariz ni la vista encontró rastro de fuel en los percebes de las Lobeira. Territorios repartidos En la isla se reparten el territorio las gaviotas -en época de cría-, y los cormoranes, únicos habitantes del faro, un edificio que este invierno perdió parte del tejado a causa de las lluvias y los temporales. Las plumas blancas de las gaviotas tampoco hablan de fuel. Esa era el enemigo buscado ayer en la isla, pero no estaba allí. Lo que sí había era un animal especialmente sensible a la contaminación: el erizo. Los había a cientos entre las algas. Y la misma historia se repitió después en la Lobeira Pequena. Dicen los mariscadores que la cosa va bien. Sergio Buiturón, que lleva meses rascando piedras en Fisterra para Tragsa, está deseando que levanten la veda: «Traballar no chapapote -dice- é un pouco triste». La lancha de José Castro pasó también en su ruta por Os Miñarzos, ya en terreno de Lira. También allí el color amarillo de las uñas de los percebes jóvenes asomaba pujante sobre los codiciados mejillones que nutren a las bateas. El paisaje era muy distinto del que asolaba Fisterra por mar hace apenas tres meses. Sin galletas flotando, sin las lanchas manchadas y con el único cuidado de no meter los pies en un nido de gaviotas en lugar de esquivar las manchas de fuel. Al menos ése es el paisaje de las Lobeira, unas islas en las que el trabajo que en tierra realiza Tragsa lo hacen allí las olas. Las mismas que enterraron en O Rostro cientos de toneladas de chapapote. Pero al menos en las deshabitadas islas de Corcubión, la vida sigue su curso.