DENDE A NOIVA DO VENTO | O |
21 may 2003 . Actualizado a las 07:00 h.ESTOY DESEANDO que, mañana, a las doce en punto de la noche, se dé el «toque de queda» de la campaña electoral, y no porque yo sea excesivamente partidario de la jornada de reflexión que, si sirve para algo, es para bajar la temperatura de los contendientes, lo que no es poco. Pero dudo mucho, valga la redundancia, que existan a estas alturas votos dudosos, qué candidatura escoger. Otro tema es la duda que hasta última hora tendrán «los del no», de si votar en blanco o ni acercarse a las mesas electorales. Es muy difícil luchar contra la tendencia de un sector de españoles a no votar, a no ejercer el derecho y cumplir con la obligación cívica de concurrir a unas elecciones: unos porque no creen en el sistema, sin percatarse que en otros el voto no es obligación moral, sino real, y no votar es un delito que se paga hasta con la cárcel; otros porque, justifican su ausencia como un castigo a la clase política y, no pocos, por pura dejadez que a veces emboscan en un decir no querer inmiscuirse en nada político. El caso es que tanto la no presencia del votante como los votos nulos -voluntarios e involutarios- constituyen un mal endémico electoral que a todos interesa se minimice. Viene a ser la escoria del recuento de votos. No es lo mismo, ni mucho menos, el voto en blanco: muchos creen todavía que es prácticamente igual que no ir a la mesa electoral y, claro, prefieren ahorrarse la molestia. Nada de eso: el voto en blanco tiene una gran significación política que los partidos eluden, lógicamente, para animar a su candidatura. Pero, ojalá no hubiese ausencias ni votos nulos intencionados y se sustituyan, al menos, por votos en blanco: sería prueba concluyente de una madurez política a la que hay que seguir intentando llegar, pues, en mi modestísima opinión, aún falta una larga carreiriña de can . Votar en blanco, en primer término, es cumplir con la obligación de participar en un sistema democrático en el que los procesos electorales son las columnas básicas del sistema. Puede tener varias significaciones. En la más común se considera un voto de castigo a la clase política o por el escaso atractivo de los programas y candidatos; otras veces ese voto en blanco es expresión de la duda que acosa al lector que se siente impotente para decidir a quién vota; y, sin ánimo de agotar las posibles motivaciones de esta -en cualquier caso actitud cívida- podría ser la manifestación del deseo del elector de ser neutral, de no influir en el veredito final. Como cualquier reflexión sobre la conducta de un ser humano, es muy complejo diagnosticar con certeza sobre las razones y motivos que le impulsan a adoptar una actuación electoral y aunque el voto en blanco se compute en la totalidad de una circunscripción, se homogeiniza, como los demás votos obedecen o son sumas de intenciones heterogéneas. En las elecciones de Corea del Norte de 1962 el Partido Obrero obtuvo el cien por ciento de los votos; en las de Albania de 1982 el partido comunista -el único que se presentaba- obtuvo el 99,9999 de los sufragios emitidos, pues rompió la unanimidad un voto en blanco. Circulaba una guasa que decía que ese voto era el del presidente, que quiso maquillar el resultado y que era el único que podía osar no votar con la mayoría, pues el era la cabeza del comunismo reinante. Para que después digan que el voto en blanco no es importante. A votar todos. En las elecciones de procuradores familiares del setenta y tantos a un publicista se le ocurrió la idea de colocar un telegrama gigante en las inmediaciones de los colegios electorales, que fue pegado en los últimos minutos de la campaña, que decía, más o menos: «Si no dudas vota a ... y si dudas razón de más». Pues eso.