CUANDO ME encontré ayer en la portada del periódico una desagradable foto de la zona del Coído de Muxía me sacudió la memoría: nada tenía que ver con el Coído de mi niñez y, muy poco, con el que recorrí -con un precioso paseo hasta el santuario de la Barca, incluido- hace pocos meses. De las miles de instantáneas captadas en esta catástrofe casi todas son más duras e impactantes que la que me topé el miércoles de buena mañana: pero a mí, por lo que fuere, ésta me revolvió las entrañas: podría figurar como la mejor representación del viento y el mar más sucios, más repugnantes, de esta plaga maldita del fuel. Pese a todo lo que se diga -y se dijo muchísimo- debemos reservar un papel principal a la suerte que hizo coincidir un temporal continuado con un grave accidente de un petrolero: me pregunto si éste se debió exclusivamente a aquel, y que sin esa conjunción y la casualidad de suceder frente a nuestras costas todo seguiría como el 12-N. Y, luego, todo lo que pasó y sigue pasando, fruto de indecisiones, inexperiencias, cabezonerías y algunos aciertos en todo ello que, también, los ha habido y fundamentales. La excesiva politización de la catástrofe, desde uno y otro lado, está oscureciendo el panorama cual si se hubiese manchado del color de la marea negra: tengo miedo -y ya lo advertí desde el principio- que se haya intentado poner tejados sin contar con la infraestructura adecuada. ¿Por qué? Lo primero, en estos casos, es arrimar el hombro, resolver lo mejor posible el problema. Hoy, están en tela de juicio -por no decir fuelizados - todos los gobernantes, pero, también, Galicia y España por muy de la UE que seamos. Y mucho sigo temiendo que la cuestión de responsabilidades económicas empiece a poner mala cara para nuestros bolsillos. A la hora de pagar no hay naciones amigas sino poderosas: ¿por qué no haber esperado a resolver estas cuestiones, todos a una, y una vez conseguidas se entabla la batalla política? Para mí que todos los partidos han quedado con «las interioridades al aire» al sacrificar el interés general a las conveniencias partidistas y ello me parece, como poco, desilusionante. ¿Hubiesen sido tan feroces y agrias las posturas de no haber elecciones a la vista? ¿Qué daño, por ejemplo, hubiera ocasionado una tregua electoral? Para daño el que nos va a hacer en nuestros bolsillos la factura , pues a poco que presionen Reino Unido, Alemania, Holanda, Grecia y algún otro país caritativo tendremos que invitar los contaminados a los contaminadores. ¡Ojalá me equivoque, pues también pagaría yo!Pero también me preocupó la cadena humana, ¡de niños!; cincuenta mil dicen algunos medios. Espero que la Patrona, a Virxe da Barca, haya estado alerta con unas cuantas legiones de ángeles guardianes. Y que San Blas, el de las gargantas y supongo que catarros, siga ojo avizor evitando molestas consecuencias del paseo a la intemperie de los chavales bajo un clima no, precisamente, mediterráneo. La panorámica desde el aire era fantástica: bella, como pocas. Cuando las cámaras se acercaron vi las caras de unos rapaces sanos y fuertes y me confortó ver su alegría. Tanto como me estremeció oírles decir que no conocían el nombre de un conselleiro del que voceaban con ardor su dimisión, y que tampoco sabían por qué pedían la del presidente: y es que algunas veces se les escapaban a los profesores y decían su verdad. Si siempre me resulta desagradable comprobar manipulaciones, las de niños me parecen horribles. Y mucho más si los que dirigen aquellos son los responsables no sólo de su formación académica sino también de colocar los mimbres con que se ha de hacer de un rapaz o rapaza un proyecto de hombre o mujer. No me gustaría que la escuela gallega se convirtiese en una especie de ikastola : sus frutos están a la vista en el País Vasco.