El Camino de Santiago transita devoto por la compostelana casa del Apóstol Santiago, pero sirve de paso al caminante para conocer el fin del Mundo. Fisterra es un imán consolidado de peregrinos. En el albergue situado en esa última etapa de la ruta xacobea ya casi no saben ni dónde meterlos: sólo durante el mes de agosto llegaron 1.312, cifra que deja pequeñas las 24 camas de las que dispone el edificio. La mayor parte de los caminantes llegan haciendo el Camiño Francés y, aunque en verano predominan los españoles, el resto del año la ruta la copan peregrinos de todas las nacionalidades. La mayoría de los extranjeros son alemanes, franceses, belgas e italianos, pero los hay que llegan de todas partes: Canadá, Australia, Japón, Malta. Pese a los problemas de espacio, después de tanto kilómetro a las espaldas y en la planta de los pies, dicen en el albergue que no tienen ni el más mínimo problema en dormir en el suelo, y aun repetirían noche y hasta semana si no fuese porque las normas son las normas y con un día basta, para dejar sitio al siguiente romero. Los hay de todos los tipos: llegan en burro, a caballo, en tándem, en bicicleta y hasta andando. A muchos lo que más le cuesta es marcharse, y alguno queda tan feliz que hasta tiene el detalle de meter en el albergue, bajo la puerta, un sobre con donativos para el hotel de peregrinos. Aquellos que apostaron por Fisterra como su final del Camiño acertaron: empezaron a llegar y ya no hay marcha atrás. Desde que el albergue fisterrán abrió sus puertas en el año 98 las cifras no han dejado de crecer. El pasado año se alojaron bajo su techo casi 4.000 caminantes. Este año ya van más de 3.500, y ya no hay duda de que se batirá la cifra de la pasada temporada antes de que finalice diciembre. Como novedad, llega algún portugués por la ruta que parte del país vecino y que es una de las menos utilizadas. Pero lo más curioso es que a Fisterra llegan haciendo el camino fisterráns, ceenses y vecinos de la comarca.