No pude resistir el olor del churrasco. Y aunque iba camino de la marisma, el aroma era tan penetrante que cuando me di cuenta ya había cambiado de rumbo. La pista aromática me llevó hasta Rebordelos, donde un grupo de expertos churrasqueiros habían empezado a preparar la ya tradicional degustación con la que se recaudan fondos para las fiestas. Desde luego, el aspecto era inmejorable. Pero lo que más llamó mi atención no fueron ni la carne, ni las sardinas, ni siquiera los blanquísimos cachelos con su piel colorada. No. Lo más impresionante fue el curioso artilugio habilitado como parrilla por los organizadores de la fiesta. Cómo se lo describiría. Algo así como un enorme remolque de tractor en el que, mediante guías o poleas, las parrillas se acercan o se retiran del fuego según las necesidades, y en el cual, separado por una pared de ladrillo, arde sin cesar la leña que poco a poco se va transformando en brasas. Desde luego, el sistema _que su inventor debería patentar sin tardar demasiado_ es idóneo para que cualquiera desee probar de inmediato una de esas sardinas grasientas que mollan o pan o un generoso trozo de costilla bien churruscadito. Que ni una granja entera de vacas locas ni la mayor remesa de benzopireno del mundo van a quitarnos uno de los mayores placeres del cuerpo y hasta del espíritu.