Una de las dos escuelas gallegas de parapente elige los montes de la zona para impartir un curso de vuelo y con vocación de permanencia El mítico grupo Pink Floyd tocaba hace pocos años el tema «Aprendiendo a volar». La letra, irreproducible por su extensión, llenaría de contenido las expresiones de los ilusionados jóvenes que este fin de semana dieron sus primeros círculos por el aire. Como la canción. Fue en parapente, y fue en Soesto-Laxe, al lado de la playa. Las mejores vistas para las mejores sensaciones, pero nada comparable todavía con las que están por venir, porque los pilotos aún están saliendo del cascarón. Organiza una de las dos escuelas de parapente de Galicia, participan alumnos de la comarca y seguirán los próximos fines de semana.
05 nov 2001 . Actualizado a las 06:00 h.Habituados a ver a surfistas, anteriormente más habituados aún a no ver más que la soledad o la nada de arena sin cocederos de churrasco, los asiduos de la ferocidad paisana de la playa grande y limpia se sorprendieron de lo lindo el domingo cuando, sobre sus cabezas, volaban hombres. En una rápida sucesión de asombros, y como la naturaleza humana enseguida se acostumbra a lo que hay, los observadores comprendieron al momento que la playa de Soesto es, ahora también, destino de amantes del parapente. Ese deporte que, para que el confunde el criquet con el golf, puede ser algo así como el que practican señores que se tiran, desde lo alto de una montaña, en un paracaídas estrecho. Claro que si los asombrados espectadores se acercan y preguntan un poco, comprenden que se trata de una actividad seria, enviadiable, más o menos cara y con gentes que destilan ilusión en vez de nervios. Y que, además, son de la Costa da Morte. En efecto, Soesto es la cuna de un incipiente grupo de voladores, de personas que prefieren aprender los lindes de sus municipios desde arriba, en silencio. Desde Soesto, la playa de Trece, el Monte Faro. Dentro de poco, también Dumbría. Desafiando a las líneas de alta tensión y a los aerogeneradores. Lugares que, en los últimos siete meses, el monitor Manuel Núñez, lucense que imparte clases en Vigo, ha estado dibujando en su memoria.