EUGENIO ROMERO POSE A VIVA VOZ
03 nov 2001 . Actualizado a las 06:00 h.Me piden de La Voz de Galicia, con las típicas prisas de nuestro tiempo, que escriba una pequeña evocación de la persona y obra de Don Maximino Romero con motivo de la celebración que, en su memoria, tendrá lugar el domingo en Baio. No puedo negarme. Soy del pueblo y, como todos sus vecinos, tuve la suerte de conocer el alma y el corazón del que, en los últimos momentos de su vida, suspiraba por volver a la tierra que le vió nacer, para que ella le viese morir. Hace cinco años, el pueblo de Baio acogía, con dolor y agradecido, sus restos mortales y al que era y es tan suyo no sólo no le olvida sino que está seguro de que, con el pasar de los días, se acrecienta su grandeza y, al mismo tiempo, nuestro agradecimiento. Memoria agradecida Es muy difícil hablar de aquellos a los que se le quiere bien. La vida es más rica que las palabras. Bien lo sabemos los del pueblo de Baio que, una vez más, recordamos con cariño a Don Maximino, que nos dejó el buen sabor de su bien saber hacer con todos. Muchos, dentro y fuera de España, guardan la memoria agradecida por cuantas cosas él hizo posible, por su creatividad y por su entrañable cercanía. En distintos lugares de Europa y, sobre todo de América, se le recuerda como el hombre bueno, de buen corazón que siempre bien-decía, y pacificador que hacía fácil que otros llevaran a cabo grandes y pequeñas empresas. Nos lo recordó, acertadamente, José Ángel Valente, uno de nuestros mejores poetas. Al igual que el poeta no pocos le deben el haber guiado a buen fin la obra que se proponían. En las páginas de numerosas memorias de muy significados nombres de las últimas generaciones figura Don Maximino. Muchos son sus amigos y todos concuerdan que su bondad, su capacidad pacificadora, su apertura y confianza en los demás a nadie excluía y a todos ayudaba. Nada se guarda para sí mismo. No es esta la ocasión para enumerar las muchas e importantes realizaciones por él ideadas y por él realizadas, sus geniales creaciones en lugares como Salamanca, Madrid, Roma y Jerusalén. Yo quisiera no olvidar, en el día de hoy, la magnanimidad y el cariño que, especialmente en los últimos años, sintió y manifestó hacia Baio. En muchas ocasiones rememoraba la riquísima historia de la zona baiense, la serena alegría de sus gentes y la belleza natural que se reflejaba en la bondad de los vecinos. Cuantos llegaron a Baio no se marcharon indiferentes porque gustaba descubrirles a su pueblo y a sus gentes, el entusiasmo de sus jóvenes y la grandeza de sus mayores. Muy pronto verán la luz pública sus memorias y apuntes sobre las mismas. El capítulo más hermoso y agradecido es el por él dedicado a su pueblo, a Baio. Nada tiene, pues, de extraño que los de Baio queramos ofrecerle a él las mejores páginas de nuestra vida: el agradecimiento. Queremos colaborar a que sus sueños no se apaguen y que culminen las obras por él iniciadas. Y, no en último lugar, rezamos, desde la Iglesia que tanto quiso, por su paz eterna y para que él nos siga ayudando. ¡Gracias, Don Maximino! (*) Eugenio Romero Pose es obispo de Madrid