GABRIEL RIVERA PASABA POR AQUÍ
19 sep 2001 . Actualizado a las 07:00 h.Algo que me pasa desde niño es que en la pertinaz lucha que mantienen los instintos contra la razón en cada individuo, los primeros ganan por amplia goleada. Dicho esto, se entenderá porque a veces bajo cuando ya está cercana la medianoche a comprar coca-cola a la máquina que hay en la plaza de Galicia de Carballo, junto a la parada de taxis, a pesar de mi agotador insomnio. Estos pasionales paseos nocturnos me dan la oportunidad de deambular por los principales puntos de reunión de la gente en la capital de Bergantiños: el jardín municipal, la calle Coruña y, por supuesto, O Mexillón, donde siempre echo una miradilla de reojo por si se cuece algo gordo en sus entrañas. Desde hace unos días, las caminatas están envueltas por un halo distinto. Pasear por estos lugares es una forma de descubrir que en Carballo acaba el verano. Desde hace unos días, las luces de la ciudad parecen más tenues, las terrazas del Sinagoga han sido desterradas, apenas se oyen ruidos en el interior de esta cafetería y el bullicio de los adolescentes se ha marchitado. Hechos que hace dos semanas hubieran sido totalmente imposibles. Los que siempre están por esta zona son una cuadrilla de personas mayores que discuten de lo humano y lo divino (y no es una frase al uso, una vez los oí debatir sobre la existencia de Dios). No los conozco de nada, pero me gusta oírles como ponen los puntos sobre las íes a todo lo que pasa por sus mentes. Cosas de los perros solitarios como yo, que no solemos escuchar muchas voces a lo largo del día.