SANTIAGO GARRIDO PASABA POR AQUÍ
08 ago 2001 . Actualizado a las 07:00 h.Hay un pueblecito en Buxantes que se llama Paraíso. Y hay otro en Berdillo que también se llama así. Dos paraísos en la Costa da Morte. El uno en las abruptas y verdes tierras de Dumbría y el otro en las más lisas praderas Bergantiños. El paraíso. Los filósofos y los teólogos lo buscan desde hace siglos y aquí tenemos a pares. En pequeños soutos por donde corre el agua, tras una curva mal señalizada. Naturalmente, a estas alturas esta broma ya no tiene ni arte ni gracia. Pero, ¿tiene sentido? ¿Sirve de algo creer que el edén se encuentra a cuatro pasos, en un paraje que el paso de los siglos ha ido arrimando hasta los lindes de la toponimia y la curiosidad? Depende. Agosto es etapa de juerga y playa, pero también mes de reflexión y hasta de homilía personal bajo el peral. Agosto es, como el invierno con sol, el exacto momento para acercarse al dios de las pequeñas cosas, título, por cierto, de una magnífica novela india en la que se describen como en pocos los sentimientos que produce el desarraigo y las ecuaciones que rigen las relaciones familiares. Las pequeñas cosas, los paraísos domésticos, que duran lo que dura un corto invierno, pueden colgar de un arco iris un 6 de agosto sobre un orballo matador. Pueden estar bajo la viga de una cuadra en la que comienzan a levantarse las golondrinas acunadas desde marzo y que, con sus alas, se llevan la buena suerte que en vez del pan trajeron bajo el ala a su propietario. Los paraísos pequeños se encuentran en las risas de magníficas dentaduras postizas que se visten los viejos en su recta final y les cuestan lo mismo que su funeral. En la caña de cerezas de Rus. En las calas invisibles de la Lobeira. En las gentes de una aldea remota de Buxantes o Berdillo.