Nadie se mojó el primer día

La Voz

CARBALLO

GABRIEL RIVERA EN DIRECTO El parque acuático de Cerceda ofreció en su estreno un aspecto que probablemente no se repetirá en todo el verano

01 jun 2001 . Actualizado a las 07:00 h.

Desde la ventanilla del coche una niña de cinco años mira con los ojos abiertos como platos. Sus manos y los mofletes clavados en los cristales terminan de vestir de deseo su gesto. Su padre acelera camino de Ordes, atrás se queda el parque acuático y la ilusión de la pequeña. Hoy fue el primer día que el recinto cercedense abrió sus puertas, a nuestra pequeña protagonista y a todos los habitantes de la Costa da Morte aún les quedan tres meses en los que podrán burlarse de los calores del verano al remojo del agua de las piscinas. Tras dejar atrá el portón marrón que da acceso al aquapark, donde el arrecendo a hierba recién cortada y a nuevo se hace aún más perceptible, lo primero que se veía este día inaugural era un auténtico fitipaldi. Subido en una máquina cortacésped trazada líneas perfectas de hierba. Un verde que invitaba a la solaz de un plácido descanso contemplando el agua cristalina, impoluta, azul clarísima de las muchas piscinas. Un poco más abajo, empapado en sudor y pelos, había un trabajador barbado que llevaba, con animosa cotidianidad, su sacho del cielo al suelo continuamente, procurando que ninguna flor desencajase en las coronas alfombradas que lucen en el recinto. Más relajados, con anécdotas y preveyendo su trabajo de este año estaban los socorristas. De pie, al borde de la piscina para niños hacían tiempo antes de ponerse su traje oficial, con mucho rojo y blanco, pero esperemos que con más suerte que el Atlético de Madrid, club paraíso de los masoquistas. A José María, su coordinador, se le escapa una sonrisa malvadamente irónica al recordar el rescate de una dentadura postiza el año pasado. Un anciano perdió este complemento bucal mientras se bañaba en la piscina para adultos. A dos socorristas no les quedó más remedio que organizar el rescate de tan preciado elemento. Guapas, como prestan, las vigilantes esperan que este año no le suban demasiado los calores a las parejas que acuden a darse un bañito. Que dos meses son muy largos y de todo hubo el pasado estío. No cruzan los dedos por lo que pudiera pasar, será que confían en sí mismas. Un nervioso Debajo del cielo azul que cubre el parque acuático no todo es tranquilidad. También hay quien le da soberanos estacazos a su salud a base de Ducados por culpa de los nervios. Ése es Emilio Mosquera que es el antagonista de esta dolce vita. Es el nuevo quiosquero. Entra y sale continuamente de su establecimiento, tan perfectamente terminado en madera por fuera, como destartalado por dentro. Se pregunta dónde está el agua para enfriar los helados y donde está el recogedor. Este comecome sólo se detiene cuando lleva a su mente el negocio de las tumbonas. Entonces se frota la manos con cierta tendencia a la usura y dice: «Esperemos que todo vaya bien». Las tiene ordenadas, una encima de otra, junto al chiringuito: rojas y azules tan bien cuidadas como un tesoro, que es lo que para él son. Emilio tiene de todo, parece una de esas tabernas antiguas de pueblo, en la que lo mismo comprabas 100 gramos de jamon york que un spray matamoscas. Su género es amplio va desde el helado hasta la toalla de playa. Si alguien le pidiera un sillico para no perder ni un segundo de los rayos de sol, seguro que se lo consegurá en un santiamén.