Un juez evitó en el último momento el derribo de las chabolas de Os Canedos

REDACCIÓN CARBALLO

CARBALLO

CASAL

La familia Ramírez Montoya negociará con el Concello de Carballo otro emplazamiento para sus viviendas El fax fue más rápido que el coche de Faustino Ramírez Montoya, que poco antes de las doce del mediodía de ayer llegó como una centella a Os Canedos-Oza con la suspensión cautelar del derribo de las viviendas de su familia, firmada por el juez de la sala 3 de lo contencioso administrativo. Cuando él dejó la carretera de Baldaio, en el asentamiento gitano ya no había sombra de guardias civiles, antidisturbios, policías locales y excavadoras. Apenas quedaban unos cuantos periodistas. La orden de paralización del desaucio se consiguió gracias a un recurso y se envió de forma urgente a todos los implicados.

10 nov 2000 . Actualizado a las 06:00 h.

El Ayuntamiento de Carballo convino en volver a negociar con la familia Ramírez Montoya el realojo de todos sus miembros, unos cuarenta, pero no renunciará al derribo de las chabolas, según aseguró ayer el alcalde, sobre las que pesa una sentencia del Tribunal Superior de Xustiza de Galicia. Durante dos horas, en Os Canedos se vivieron momentos de gran tensión, que se fue aliviando con el paso de los minutos y la presencia de una veintena de niños que ayer no fueron al colegio. Al mismo tiempo, en A Coruña y Carballo se realizaban intensas gestiones para evitar un desaucio anunciado en una nota del Ayuntamiento y en la presencia imponente de numerosísimos guardias civiles y policías locales, apoyados por agentes antidisturbios. Faustino Ramírez y su padre se dirigieron al juzgado en busca de ayuda, mientras Elisa Mateo, una psicóloga que apoya a la familia, mantenía un encuentro con el alcalde. Los momentos más intensos se vivieron a primera hora, cuando se produjo la orden de desalojar las viviendas en quince minutos. El anuncio del recurso hizo que ese tiempo se prolongara hasta que se confirmó la existencia de la suspensión cautelar, cuya primera noticia llegó casi al mismo tiempo que los antidisturbios, que se mantuvieron distantes. La espera fue tranquila, animada por los bailes y las canciones de los niños, encantados de tener tanto público pendiente de ellos.