Surfistas de toda España acuden a la playa carballesa, entre otras de la Costa da Morte, con ganas de aprovechar las mejores olas
22 jul 2000 . Actualizado a las 07:00 h.Razo, diez de la mañana. Javier Navarro y sus colegas aparcan el coche después de recorrer los siete kilómetros que separan al cámping de Baldaio de la playa. Han llegado desde Madrid con un objetivo claro: seguir al viento para coger las mejores olas. Bajan a los arenales, examinan el estado de su marítimo compañero de fatigas y se enfundan el traje de trabajo. Con la tabla bajo el brazo, ponen rumbo a la cresta de la ola. Como ellos, miles de surfistas en todo el mundo recorren la geografía de sus países y parte del extranjero en busca del viento. Un buen traje de neopreno, una tabla adecuada, unas olas a punto y todo lo demás viene solo. La edad no importa. Lo único que cuenta son las ganas de aventura en el mar y fuera de él. Y es que el ritual del surf y del bodyboard va más allá de los oceános. Es una estética, un modo de sentir y de actuar no exento de peligros. El surf es ocio, deporte y pasión. Una pasión, sin embargo, para la que hace falta disponer, como mínimo, de sesenta mil pesetas para adquirir el equipo. Los litorales gallegos, especialmente la Costa da Morte, son un escenario muy adecuado para la práctica de este deporte. Y si no que se lo digan a Frederick y a Jean Magues, que han venido desde Francia hasta Razo siguiendo al viento. El recorrido que realizan los surfistas por las costas de la zona incluye, además de Razo, las playas de Sabón (Arteixo), Soesto (Laxe), Bastiagueiro (Oleiros) y Patos (Vigo). Pero, como en todo, también aquí aparece la polémica. Las condiciones de higiene de Sabón y la virginidad de Soesto hacen dudar a algunos expertos en el tema de que sean los escenarios más adecuados.