Robinsones por unas horas en Lobeira

GABRIEL RIVERA Corresponsal CEE

CARBALLO

ANA GARCÍA

La primera excursión que Neria organiza al archipiélago se convirtió en una aventura tras encallar en la arena el barco que los llevó Nada hacía presagiar ayer a los 35 alumnos del colegio As Revoltas de Cabana la pequeña aventura que el día les preparaba. Pasadas las diez, los excursionistas subieron al barco que les condujo a las Illas Lobeira. Todo transcurría con normalidad hasta que, a la hora del regreso, los niños se convirtieron en «naúfragos». Las mareas vivas, no las de Portozás, sino las de la Costa da Morte, bajaron demasiado y el barco encalló. Hubo que esperar casi dos horas hasta que la mar creció. Todo ello, lejos de defraudar a los pequeños, les animó aún más a descubrir los encantos de un archipiélago que a partir de ahora se podrá visitar regularmente gracias a una iniciativa gestionada por la asociación Neria. Y es que en las Lobeira hay mucho que ver.

05 jul 2000 . Actualizado a las 07:00 h.

En ningún momento cundió el pánico entre los pequeños naúfragos de las Lobeira. Nunca hubo peligro por que los teléfonos móviles abundaban y el catamarán estaba bien equipado. Los niños recibieron la noticia, pasado el mediodía, sin lamentos. Armados de paciencia, bocadillos y agua mineral, se dedicaron durante el tiempo que duró el varamiento a recoger minchas y lapas de rocas. Los niños de Cabana son los primeros participantes en las excursiones que Neria organizará este verano entre los escolares de la comarca para que conozcan el archipiélago de Corcubión. Hasta que se les comunicó la noticia del encallamiento, los zagales habían estado disfrutando de la maravillas de las islas: su faro, sus vistas y sus arenales. Especialmente llamó la atención de los visitantes la fauna: las crías de gaviota, los nidos de cuervos marinos, los mejillones o los percebes. Así, el habitual sonar de los graznidos de las gaviotas que se escucha en la zona se mezcló con los gritos de satisfacción de los niños. Con la noticia del retraso, los pequeños seguían jugando a las orillas del mar y a los adultos les empezaban a sonar los móviles, cuyo sonido se confundía con el piar de las gaviotas. A través de ellos, contaban su inaúdita historia de ser naúfragos con la inigualable vista del Monte Pindo, Fisterra y la ría de Corcubión en el horizonte. El tiempo jugó su papel y la marea fue creciendo. Pasadas las tres y media partió de nuevo la embarcación rumbo a tierra. Media hora más tarde la embarcación alcanzaba el muelle de Cee. A pesar de los avatares, la experiencia fue valorada muy positivamente: «Cousas como estas son moi importantes a nivel didáctico: o embarco ó estar nunha illa. É un territorio distinto do que ven normalmente e difícil explicarllo os rapaces se non están aquí», comentó José María Varela, profesor del centro. La bolsa de los recuerdos de los niños volvió llena de detalles. Agradables, como conchas, erizos o estrellas de mar y otros menos gratificantes como excrementos de gaviota.