Una mota de polvo empujada por un viento del que no nos advirtieron en el telediario llegó a Ribeira. Llegó con el cansancio de quien ha visto muchos inviernos, sobrevoló Carreira, Aguiño y Castiñeiras, descendió en Bandourrío y quedó atrapada en las laberínticas corrientes de la Peatonal. Arriba y abajo, derecha e izquierda, se mantuvo suspendida entre el olor a café, el vaho de los cristales y el dulzor del anís. En la tele de algún bar, siempre con un punto de volumen más alto de lo recomendable, unos niños cantan los números de la lotería. Hace un frío meteorológico y moral, la gente recuerda a sus abuelos mientras Amazon les vacía la faltriquera digital.
La mota se posa en el cristal del bar Plaza, una trinchera de piedra, melamina, cucharillas y libros donde aún sobrevive una verdad mínima. Un poeta apura un carajillo mientras lee el Marca, del altavoz sale un «yo voy marcando con mi viejo tambor» que le impide abstraerse del todo de la Navidad. Hay corazones congelados desde agosto, piensa, la estrella de Belén ha sido sustituida por un carril de luces led que parpadean con voracidad bursátil. Comprar, comprar, comprar. Si algo no llega en 48 horas no existe. Hay que ser feliz y, sobre todo, hay que serlo rápido. Arrodíllate ante el algoritmo, siéntete solo en el gran departamento de marketing de las redes sociales. La Navidad, vista desde la altura de una mota de polvo o un poeta, no tiene mucho de épico, parece tan solo una suma de torpezas: papás fingiendo que no están cansados y cuñados repitiendo la misma historia. Diciembre también huele a las cosas que no supimos decir a tiempo.
Una mota posada en el cristal de un bar —siempre acaba ahí la materia leve— observa la mitología del propósito de año nuevo, escucha aproximadamente unos cincuenta «para el año me apunto al gimnasio», ¡oh, dietas!; ¡oh, vidas nuevas! Los eneros acaban pareciéndose sospechosamente a uno mismo... Y la mota, en su pequeñez, se sobrecoge y murmura: solo un propósito vale la pena: aguanta. Llega.
Llega. Llega porque debajo de tanto papel de regalo biodegradable y de las digestiones pesadas, aún palpita en nosotros el deseo de no perder del todo la ternura, por eso los que llegan tarde brindan con fuerza, queriendo lanzar un conjuro contra el olvido. En esas mesas de Nochebuena no estamos solos los vivos. No estamos solos.
Llega cuando el pan se parte con cuidado, llega cuando alguien baja el volumen de la tele para escucharte, llega a los gestos humildes que sostienen el universo, llega en las tres formas tristes de un abrazo. Llega en la paciencia que no has tenido durante el año. Llega, no para arreglar nada, sino para acompañar; eso basta en más ocasiones de las que piensas, créeme. Llega, aunque sea cansado, aceptando que no somos los mejores, pero tampoco los peores. Llega a cuidar lo que aún respira. Llega cuando tu familia levante las copas y algo, suspendido en el aire, te atraviese el alma en los escasos segundos en que el mundo parece un lugar habitable.
Volvió el viento, la mota se dejó llevar. Debía seguir su camino. Ribeira le pareció una ciudad con miedo a enamorarse, y mientras marchaba dejó trotando en el aire su historia diminuta, había venido desde lejos. Mucho. De un portal humildísimo, hace unos dos mil años, cuando un niño pobre, descalzo y juguetón sopló y arrojó al mundo algo más que polvo. Lo invisible tiene memoria.
Feliz Navidad, póngame otra, maestro, dijo el poeta, que fuera sigue haciendo mucho frío.