Y tú no se lo vas a decir


Hay dos tipos de paleto: el que cree que todo lo de aquí es mejor solo por ser de aquí, y el que piensa que todo lo de fuera es mejor solo por ser de fuera. Suelo ver más del segundo tipo, y opino que es por la misma razón que hay quien prefiere que el gordo de la lotería caiga en cualquier sitio menos en Ribeira si no le va a tocar a él. Al fin y al cabo, ¿quién acepta que aprende del que está al lado? ¿Quién admite haber leído, ayer por la tarde u hoy por la mañana, un artículo, un wasap, un post en una red social admirable, útil, bonito, escrito, no ya por alguien desconocido o muerto hace siglos, sino por un amigo?

¿Y si Sonia es la que más mima a pacientes en el Barbanza, a la altura de cualquier profesional de Suiza? ¿Quién calceta como Oliva? ¿Hay muchas farmacéuticas mejores que María? ¿Quién pinta el mar como Paco Casal? ¿Quién nada ese mar como María Vilas? ¿Quién cultiva con más cariño su huerto que Xanico?

Hay un defecto que puede que no sea un defecto, pero sí es una falta de virtud en la que estoy trabajando: decirle a la gente cuando hace algo bien. Incluso me lo digo a mí cuando puedo, que no son muchas veces, pero son. Las personas a las que quieres no oyen lo que sientes, así que tampoco está mal recordárselo. Vale, quizá los de Ribeira no seamos los mejores del mundo en nada. Pero algunas cosas las hacemos bien, a veces hasta muy bien. Porque, por muy triste y torpe que sea, toda persona, toda labor, tiene un par de instantes dignos de eternidad. Alguna vez lo hacen bien: es la eternidad sucediendo, ¿y tú no se lo vas a decir?

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