No siempre es el hermano mayor el ejemplo a seguir, ni los patriarcas son infalibles, como tampoco lo son los progenitores. Viene todo esto a cuento de que las Administraciones, la estatal primero y la autonómica después, como miran el universo desde la altura de su capacidad legislativa y creen que la realidad es la que pisan sus zapatos sobre suelos enmoquetados, se atribuyen la potestad de dar lecciones a los ayuntamientos y, además, de marcarles el camino a seguir. Esto es así en el territorio patrio porque, por ejemplo, en la Confederación Helvética los ayuntamientos y comunas tienen potestad para casi todo, excepto cosas de alto Estado como cambiar de moneda o movilizar al Ejército. Lo cual tiene mucho sentido, porque esas son las Administraciones que están sobre el terreno. Por eso manejan los fondos y deciden sobre su empleo. Aquí sucede lo contrario, la cadena de ordeno y mando se sitúa en el vértice de la pirámide y cada uno pone o saca, según convenga y cuando le convenga.
Primero se aprueba una ley de dependencia y cuando se comprueba que aplicarla requiere de algo más que levantar la mano o apretar un botón en un salón de sesiones se les dice a los ayuntamientos que, como ellos conocen a los vecinos, mejor que se encarguen de seleccionar y de administrar.
De igual manera se les limita competencias a los ayuntamientos y se les dice que el ahorro tienen que destinarlo a pagar deuda pero, eso sí, también se les fuerza a hacerse cargo de cuestiones que, teóricamente, no están bajo su jurisdicción. Ocurre de manera continua y sistemática. Con los centros de salud, con las escuelas, con los servicios sociales. Es muy sencillo, desde la distancia, decirle a un ayuntamiento dónde tiene que gastar el dinero, mientras los ambulatorios se llenan de charcos de agua o las escuelas presentan deficiencias que, incluso, obligan a cerrar aulas.
A fin de cuentas, quien está día a día con los ciudadanos es el regidor de turno y, por eso, resulta muy difícil encontrarte con tu vecino y explicarle que no pueden arreglarse las goteras porque el dinero que tiene el Ayuntamiento en caja debe ir destinado a otras cosas, que lo ha dicho el ministro. Es posible que el ciudadano de a pie no consiga entenderlo y, desde luego, debe resultar bastante costoso para el mandatario explicárselo. Por eso, los alcaldes barbanzanos, que han demostrado saber gestionar el dinero público de forma impecable, van sorteando las dificultades del camino como pueden e intentando, a pesar de los atrancos que les ponen los legisladores, tapar todos los agujeros que se encuentran a su paso, que son muchos.