El Chicle


Presenciar muchos juicios te obliga a estar a escasos metros de asesinos, violadores, ladrones y todo tipo de delincuentes. Esta semana me tocó respirar tras el cogote del que apodan el Chicle, José Enrique Abuín Gey. Para más señas, el acusado de secuestrar, violar, asesinar y ocultar en un pozo de agua de una nave abandonada de Rianxo a la pobre Diana Quer. Una chica de 18 años que estaba veraneando, como tantos años, en A Pobra do Caramiñal. No le juzgaban por ese crimen, sino porque un año después, presuntamente, quiso repetir con otra chica de Boiro que se salvó porque aquel día de Navidad su regalo fue tener un valor y una fuerza enormes para resistirse y la aparición de dos jóvenes que la salvaron. Los criminales mienten. Y tienen derecho a hacerlo, pero es irritante que la burla llegue al punto de admitir que intentó robar violentamente el móvil a esta joven boirense pero a no reconocer su voz en la grabación que sin querer hizo la víctima al activar el botón de grabar audio de la aplicación WhatsApp. Es decir, que sí estaba en el lugar y a la hora que se produjo la grabación pero que no era él que hablaba. Si no fuese por lo repugnante de los actos que se le achacan, hasta resultaría jocoso. Los que somos humanos -los asesinos y violadores no lo son- siempre esperamos que hasta el peor de los monstruos recupere en algún momento la humanidad y reconozca sus actos. Que se levante y en pie ante los magistrados confiese lo que hizo y también lo que quería hacer. Solo así sus peticiones de perdón dejarían de resultar tan huecas como su alma. Solo así podríamos pensar que había iniciado el camino hacia su reinserción.

Conoce toda nuestra oferta de newsletters

Hemos creado para ti una selección de contenidos para que los recibas cómodamente en tu correo electrónico. Descubre nuestro nuevo servicio.

Votación
0 votos
Comentarios

El Chicle