Nada es lo que parece

Gonzalo Trasbach
Gonzalo Trasbach (IN) SOMNIUM

OUTES

MANUEL QUEIMADELOS

Compañeiros! Dicen que Galicia es, en el fondo, el país donde nada es lo que parece. Y mientras cavilo sobre el posible significado de tal afirmación, me llegan ecos de lejanos reproches. Me cuentan que idealizo nuestra infancia, que transformo en territorio fantástico nuestra aldea, a la que sobrevaloro, pues la recubro de una seda de inocencia inexistente. Pues no. En aquel mundo agrario, marcado por las estaciones y las cosechas, ocurría de casi todo. Aquel paisaje agreste de clima suave no lo poblaban santos. Incluso entre nosotros circulaba la idea de que el final del cuento de Caperucita Roja era feliz: la víctima era el lobo, y no la tierna niña ni la arrugada abuelita. Allí habitaban criaturas diversas: borrachos, marrulleros y miserables, pero también trabajadoras, honradas y honestas... Mas el escenario de nuestra infancia era lo único que nos pertenecía, y aún es nuestra patria de verdad, como nos recuerda el poeta J. M. Rilke.

 Desde aquel tiempo del que perviven jirones en las silveiras de la memoria, aún ahora me llega el aroma de las manzanas blancas de San Xoán, cuyos árboles vigilaba con vara de hierro la tía María contando con el brazo armado de su flaca hija Magdalena. Aquellos manzanos se injertaron con la piel de nuestras abuelas y bisabuelas. En aquel paisaje infantil reinaban los ofrecimientos (mi madre me ofreció a San Benito, santo que curaba las verrugas, y me llevó a Outes para rogar por la protección de San Campio, que, al parecer, era muy milagroso para los que teníamos flojos los tornillos), y también las procesiones. ¿Sabéis cuándo comenzó a decaer aquel mundo? Cuando nos olvidamos de las canicas, dejamos los pantalones cortos y colgamos las alpargatas.

Y aunque estrenamos con gran jolgorio nuestros primeros pantalones largos, sin embargo, permaneció pegado a nuestra piel el antiguo orgullo campesino y marinero, que florecía en el oscuro acento de nuestra habla materna. También resistía entre nosotros el pudor que habían adquirido los que habíamos crecido entre arados, carros y azadas. Retornaba espontáneamente para refrenarnos frente a ciertos entusiasmos inesperados.

Cierto es que en nuestra infancia de cereales disponíamos de pocos juguetes. Pero es posible que hayamos sido más felices que en la era siguiente, cuando los electrodomésticos entraron en nuestros hogares. Fue en aquellos días cuando descubrimos que, como en la abstinencia sexual, la ausencia de ellos estimulaba nuestro apetito e iluminaba nuestra imaginación. Así pues, por ejemplo, para jugar al aro, buscábamos las llantas descartadas de las bicicletas, las limpiábamos, recortábamos una vara dura y corta y ya estábamos armando una competición. Incluso las llevábamos a la escuela. Las escondíamos antes de llegar al colegio entre los matorrales en los márgenes del río para que no nos las robasen. Éramos unos artistas buscando escondrijos. Nos habíamos adiestrado entre las sombras de la corredoira cuando perseguíamos sin ser vistos la estela de las nenas, que se retiraban a sus aposentos al tender la noche su velo negro sobre la aldea.

¿Recordáis el sentimiento que nos invadió al ponernos el pantalón largo por vez primera? Experimentamos la misma alegría que cuando veíamos crecer los limoneros en la huerta o los fabóns del amor en O Rejalo, aquel trozo de tierra que habían regalado a tu padre los padrinos el día de su bautizo.

Una ledicia similar subía por nuestras venas cuando andábamos con las vacas entre los agros, donde pastaban bajo la música de las mañanas de primavera al comenzar a medrar el trigo y el centeno, que meses después, tras madurar, caían en forma de granos en la malladora que aparcaba bajo el corral del señor Claudio.