AA todo aquel que llega a Noia desde más allá de Pedrafita do Cebreiro, le cuesta acentuar esa vocal e y pronuncia: «Albores», palabra que se adecúa a la sensación de luz del alba que hallan en el fondo de un ribeiro cristalino como el Sil flotando sobre la barra venido del alma oscura de los barriles que duermen en el tibio contraluz de las bodegas ourensanas. Cuando refrescan con el vino el agobiado gaznate repiten como una jaculatoria: «Alborés, Alborés» y el acento gallego se queda con ellos adornándoles la sabiduría para siempre.
Es un milagro y no se necesita más que buen vino y buena mesa para transitar los intrincados senderos del mapa de la vida que hasta Alborés nos traen. Es un lugar sorprendente porque, dentro de la caja mágica que parece albergar una tasca impersonal, uno halla todo aquello que busca para reparar el ánimo y el cuerpo y vivir para contarlo. La cocina va escalando desde la sencilla sopa de caldo hasta la sofisticación del ?Rape Lorena? y desde el modesto Ribeiro del año hasta el paladeo glorioso de vinos de altura logrados por los mejores cosecheros peninsulares. Viajan por la carta luces divinas como los grelos con langostinos y juguetes como el foie con queso fundido vestidos de gala con pimientos del piquillo. Pero el cielo interior de los sentidos se ilumina cuando por la puerta entra Vitolo con dos empanadas, de millo ou trigo, que guardan el secreto del berberecho, del chopo o del pulpo, elaboradas por él mismo.
Chola cocina a la vista, entre impolutos pucheros, despachando al comedor entradas para traspasar la puerta de los cielos navegando sobre una vajilla excelente. De las paredes cuelgan fotos que dan fe del paso de ilustres pasajeros que hicieron ese viaje al mundo de los sentidos. Destacan las acuarelas que en exposición permanente mantiene el gran Nacho Costa firmando así un periplo perfecto que nos lleva desde el vagón de cola de la vida dura, al restaurante de un tren que no debe perderse si algún día desea rendir la estación que siempre presintió en sus sueños. Inicie su viaje. Suba a ese tren de aromas y texturas que circula sobre vías de especias ultramarinas y autóctonas. Hágame caso. No se arrepentirá.