Lo que antes era un cuento de hadas, una estampa casi cómica, se ha convertido en un cuento de terror. Esta redactora fue una de las muchas Cenicientas del paseo de Esteiro. Aquellas viejas traviesas de roble eran, a comienzos de siglo, un reto para las adolescentes que pasaban sus primeros veranos sobre unos tacones, con la única preocupación de que no se quedaran atrapados entre las fisuras que comenzaban a abrirse. Tenía, incluso, algo de romántico y arriesgado el saltar entre los maderos que en su día se retiraron de las vías del tren. Recuerdo más de una amiga que, en aquella impetuosidad de la juventud y llevada por quién sabe qué prisa imperiosa, se dejó el zapato por el camino tras caer en lo que era una trampa mortal para el calzado femenino.
La visión romántica de una quinceañera, una cateta de interior enamorada de paraíso estival muradano, no lograba por aquel entonces convencer a los vecinos. Los esteiranos, a base de tropiezos no tan esporádicos, ya criticaban a comienzos de siglo aquel paseo y miraban con envidia a otros que se iban construyendo por la franja costera. Hace veinte años muchos apostaban abiertamente por uno de cemento o cualquier otro firme que hiciera justicia a llamarse con ese nombre, viendo como, poco a poco, las traviesas iban abriéndose más y más entre sí, las sillas de bebés saltaban cada vez más y lo que era una trampa para tacones se transformaba en una en la que cabía el pie entero. Todo ello, sin contar con la fauna, lagartijas y otro bicherío, que también encontraron bajo el paseo de Parameán su propio paraíso.
Al final se optó por acabar retirando parte, aunque el recorrido entre maderos hasta la alameda esteirana sigue ahí. Habían pasado años hasta que volví para verlo y la sensación fue la misma que cuando uno pasa cierto tiempo sin ver a un pariente querido que camina hacia la senectud. Los años no pasan por él, lo atraviesan como una apisonadora. A todos los que algún día conocimos aquel paseo en su plenitud nos invade la tristeza al ver el vergonzoso deterioro al que ha llegado, ensombreciendo aquel paisaje de postal que brillaba, aunque nunca llegó a tener un marco que le hiciera justicia.
Cuando en junio se anunció que la reparación del paseo de Esteiro se acercaba tras adjudicar Costas la redacción del proyecto, se abrió un esperado claro de luz. Medio año más tarde, el cuento de terror en el que se ha convertido sigue escribiendo nuevos capítulos a costa de incidentes diarios. Hasta las Cenicientas se han cansado de dejar atrás sus zapatos.