El hostelero que se comió Barcelona

María Hermida
maría hermida RIBEIRA / LA VOZ

LOUSAME

Arriba, José Manuel Castro y su mujer, Marta Eugenia, en su restaurante Santiaguiño, cuya decoración recoge la esencia gallega e incluye cuadros del pintor noiés Alfonso Costa, del que Castro es amigo. Abajo, José Manuel en sus primeros años en Barcelona, tocando el acordeón en un conocido bar de la ciudad.
Arriba, José Manuel Castro y su mujer, Marta Eugenia, en su restaurante Santiaguiño, cuya decoración recoge la esencia gallega e incluye cuadros del pintor noiés Alfonso Costa, del que Castro es amigo. Abajo, José Manuel en sus primeros años en Barcelona, tocando el acordeón en un conocido bar de la ciudad. noal / cedida< / span>

El lousamiano José Manuel Castro triunfa como empresario en tierras catalanas

06 abr 2015 . Actualizado a las 07:55 h.

Hablar con José Manuel Castro, un vecino natural de Lousame afincado en Barcelona, hace que uno se reconcilie con el tiempo que nos toca vivir. Porque la crisis, no sin cierta razón, hace que muchas veces seamos pesimistas con respecto al presente y al futuro; que nos quejemos de no poder tener tal o cual o de que los jóvenes vuelvan a coger las maletas. Pero tampoco se puede perder la perspectiva. Todavía viven para contarlo generaciones como la de este hombre, que protagonizaron una emigración sin edulcorante alguno. Se marcharon con lo puesto, en unos años en los que el hambre cotizaba al alza en Galicia. Y se hicieron a sí mismos. En el caso de Castro, con éxito profesional y vital. Su historia tiene puntos en común con la de muchos otros gallegos. Pero es singular y excepcional.

A José Manuel, que nació en la aldea lousamiana de Silvarredonda, los 16 años le pillaron haciendo cajas de madera que se destinaban a envasar Coca-Cola en una empresa de Noia. Corría el año 1964. No fue una edad ni una época fácil. Un día del mes de julio se murió su padre. Y, solo unas jornadas después, Castro puso tierra de por medio. Se metió en un camión de los que llevaban Coca-Cola y amaneció en Barcelona. Sabía algo de música. Y tenía ya madera de superviviente. Se montó en los barcos que hacen pequeñas travesías en la Barceloneta para tocar el acordeón. Así ganó las primeras pesetas. Luego, se empleó como botones en un hotel, donde llegó a ascender hasta pasar a recepcionista. Iba a clases de inglés y francés. Quería progresar.

En 1972, vino a Galicia. Y le apareció un trabajo importante. Se empleó de recepcionista en el Hostal dos Reis Católicos. Pero, para entonces, con 24 años y después de conocer la noche barcelonesa, de tocar codo con codo en los bares con un jovencísimo Joan Manuel Serrat o contar chistes en la misma mesa que Eugenio, «Santiago se me quedaba algo pequeño». Así que regresó a Cataluña, donde volvió a crecer. En lo personal, lo hizo al casarse con Marta Eugenia. Y, en lo profesional, como director del hotel donde había sido botones.

Luego le llegó la hora de volar por sí solo. O, mejor dicho, junto a Marta Eugenia. Abrieron un restaurante de comida rápida, con una historia preciosa. Le llamaron Pato Donald, hasta que entró por la puerta un abogado de Walt Disney que les apretó las tuercas. «No me olvidaré en la vida. Se llamaba Capdevila y me dijo que o quitaba el nombre o me denunciaban. Lo cambiamos, claro está». Demostrando su capacidad de reinvención, ni siquiera tiró los rótulos. Aprovechó casi todas las letras y el negocio pasó a llamarse Pato Donildo.

Llega el Santiaguiño

La marca y el local de comida rápida sigue manteniéndose. Pero a finales de los ochenta este emprendedor apostó también por otro establecimiento: es el Santiaguiño, uno de los restaurantes gallegos más importantes de Barcelona. Le ofreció exquisiteces de marisco o carne a todo tipo de personajes conocidos; desde Rajoy a las estrellas del Barça pasando por Nadal o Diango. Allí, cualquier día y casi a cualquier hora, uno encuentra a José Manuel. Dice que ofrecer buena gastronomía es su pasión. Y por eso, noche tras noche, tras la jornada laboral, es él el que va al mercado a conseguir las mejores piezas llegadas de Galicia. «Cuando uno trae una lubina buenísima o una carne de vaca reposada eso es un gran trofeo», cuenta.

Está encantado en Cataluña, pero afirma que «volvería a Galicia mañana mismo». Aunque, eso sí, señala que regresaría a las tierras catalanas «en cuanto se acercase el frío del invierno gallego, que se me hace cuesta arriba». De charla amable, en el único momento en el que no dice mucho es cuando se le habla de que es uno de los hosteleros más reputados de Barcelona. «No es tanto», musita. La humildad, esa con la que salió de Lousame, sigue intacta. Es perenne.

josé manuel castro dueño de un conocido restaurante en cataluña y de un negocio de comida rápida