Hace unos días se quejaba amargamente una mujer a través de su Facebook de que otra había llamado a la Policía Local porque paseaba con varios perros por una playa de baño en Boiro. Como argumento a su favor decía que tenía casa en el lugar desde hacía 20 años y llevaba haciendo eso mismo siempre, sin que hubiese problema alguno. También que se dirigía a una zona de rocas. Se despedía lanzando algún improperio y una amenaza clara a su delatora.
Quiso la casualidad que quien suscribe pasease por esa misma playa unos días antes y dos perros que acompañaban a esa mujer cruzando el arenal, con mucha gente todavía, se abalanzaron ladrando y haciendo amago de morder. Son perros pequeños y no suponían una grave amenaza, pero cierto sobresalto sí que me causaron. Me detuve y no hice ademán alguno, esperando que así cesaran en su actitud. Como no lo hacían y su dueña ni se había molestado en mirar, la llamé y le dije que ya estaba bien, que llamase a sus canes. Lo hizo, pero ni me dirigió una palabra de excusa, ni un gesto, como si no fuese con ella. Con sus palabras en la red social y su actitud conmigo unos días antes comprendí bastante bien la decisión de quien puso en conocimiento de la Policía Local su antirreglamentaria conducta que, también sé, se reproduce casi todos los días, con problemas en varias ocasiones.
Su falta de civismo y respeto a los demás queda patente y me sorprendía que algunas personas, pocas, se solidarizasen con ella lanzando toda una serie de insultos y desconsideraciones hacia la denunciante. Por desgracia estas estampas se repiten con demasiada frecuencia en nuestros arenales.