Playa para todos

Sara Pardo
Sara Pardo SÁLVORA

BARBANZA

La playa de Os Areos, en A Pobra, tiene una parte abierta a los perros
La playa de Os Areos, en A Pobra, tiene una parte abierta a los perros CARMELA QUEIJEIRO

Con la llegada del verano y las olas de calor que azotan al país, todos sentimos la necesidad de refrescarnos en la playa, incluidos nuestros perros.

Los arenales de Barbanza se llenan estos días de vecinos y visitantes que buscan alivio contra el calor asfixiante, mientras los peludos —que han pasado el invierno corriendo por la arena— ven ahora restringido su acceso. Si bien es cierto que existen playas caninas en la zona, la oferta es insuficiente. Espacios como Os Areos en A Pobra o A Gavoteira en Ribeira cumplen su función para los residentes del núcleo urbano, ¿pero qué ocurre con quienes viven en las afueras? Resulta paradójico tener que coger el coche y desplazarse kilómetros solo porque la playa que se tiene a los pies de casa está prohibida para ellos.

Es comprensible que la presencia de animales no sea del agrado de todo el mundo, pero la solución no puede ser el confinamiento o la exclusión. El civismo no es responsabilidad del perro, sino del dueño, que debe garantizar que su mascota no moleste a nadie. Y aunque es verdad que a veces el sentido común brilla por su ausencia, pagar justos por pecadores nunca es la solución. Tampoco se sostiene el argumento de la higiene: el mar y la arena son el hogar de incontables especies y, desgraciadamente, la basura que a menudo afea las costas no la dejan los perros, sino las personas.

Ningún ser vivo debería tener vetado el acceso a la naturaleza pública. Lejos de posturas radicales, los propietarios de perros nos conformaríamos con algo de flexibilidad: que cada municipio amplíe sus opciones o que, al menos, se levanten restricciones en playas de menor afluencia.