Paraguas

Carmen alborés CON CALMA

BARBANZA

CARMELA QUEIJEIRO

«La señora María recordaba el enorme paraguas negro de su padre, ella decía que en él cabían debajo siete parroquias»

07 feb 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

L a señora María recordaba de niña aquellos días grises de lluvia persistente y en su aldea algunos se calzaban unos zuecos y se ponían cualquier cosa encima para guarecerse de la lluvia. «Cobertallos» los llamaban y en el Museo do Pobo Galego se ve alguno de paja muy bien hecho.

Pero la señora María recordaba el enorme paraguas negro de su padre, ella decía que en él cabían debajo siete parroquias. Era un paraguas muy bueno cuyas varillas se llamaban ballenas, porque estaban hechas precisamente con las elásticas barbas de queratina de la ballena, (probablemente procedente de la factoría de Corcubión).

Ella, cuando era jovencita, también tenía un bonito paraguas con la delgada empuñadura terminada en curva y con una preciosa borla con flecos para adornarlo todavía más. Se lo habían traído de una famosa, hoy desaparecida, fábrica de paraguas de Santiago. Estos artículos eran para siempre, y si alguna varilla se rompía había que llevarlo a arreglar al paragüero que de manera ambulante pasaba por las aldeas. Este paraguas también se combinaba en muchas ocasiones con un chubasquero de moda que se llamaba Pullman.

Hoy la señora María ya va con el tercer paraguas de este año. Son paraguas plegables, bastante baratos, que no pesan casi nada, pero que al primer golpe de viento ya se rompen y hay que tirarlos y rápidamente ir a comprar otro. Es un ejemplo más de la sociedad de consumo, basada en usar y tirar. Ella se fija también en las papeleras llenas con varios paraguas rotos como el suyo, y los paragüeros de las cafeterías llenos a rebosar y aún vio en algún escaparate la típica figurilla negra de un cura con la sotana arremolinada por el viento y su paraguas abierto.

Aunque los primeros paraguas son las sombrillas chinas, denominadas por los ingleses umbrella, más bien eran para proteger del sol la blanca piel de las señoritas y no parecer así quemadas como las campesinas. En nuestra tierra, los famosos sombreros sancosmeiros de paja cumplían esta doble misión, proteger del sol y de la lluvia.

A la señora María siempre le gustaron los cuadros de los autores impresionistas, y hoy recordó el lienzo de Los paraguas de Renoir y el de Mujer con sombrilla, pintado por Claude Monet. Ella añora el bonito paraguas que tenía en su juventud, y ¡cuánto estaba deseando que lloviese para lucirlo! Esto le recordó la famosa frase atribuida a Shakespeare que reza lo siguiente: «Dices que amas la lluvia, pero abres tu paraguas».