Cuando en las actuales circunstancias, con un invierno de altas y persistentes precipitaciones, los responsables de la Consellería do Mar, con su titular a la cabeza, dicen que están siguiendo la situación y que la misma está controlada, quién suscribe se los imagina llevando una docena de huevos a Santa Clara o poniendo una moneda a San Pancracio en sus confortables despachos.
Desde que aprovechamos los recursos marisqueros de nuestras rías, de forma cíclica hay años con una elevada tasa de precipitaciones. Y no es que Dios esté enfadado con las aguerridas y aguerridos mariscadores. Es, simplemente, que el elemento climatológico en su conjunto constituye uno de los factores indispensables para que en esta ibérica esquina de costa haya elevada productividad primaria y, a la postre, una gran riqueza de especies de interés comercial. Curiosamente, desde que nuestros abuelos celtas, a golpe de atracones, formaban los concheiros al borde de sus castros costeros, seguimos con la misma táctica: sentarnos a ver el lento y eficaz trabajo de la madre naturaleza.
Aun siendo verdad que cuando llueve hay que hacer como los de Lepe y dejarla caer, solo por la experiencia podríamos hacer algo más para paliar sus efectos y acelerar su recuperación. Desde gestionar bien los embalses a disponer de semilla en abundancia para adelantar la disponibilidad de producto, pasando por planes de contingencia ya diseñados y dotados o una estructura sectorial mucho más eficiente, mucho más profesional, en el amplio sentido de la palabra.
Al precio que están los huevos, ¡ya casi no sale más barato!