La marioneta

Emilio Sanmamed
Emilio Sanmamed LIJA Y TERCIOPELO

BARBANZA

05 feb 2026 . Actualizado a las 05:00 h.

Invierno. Turno de noche en una farmacia. Huele a desinfectante y a derrota. No entra nadie. Solo el zumbido de las luces y un cúter romo en la mano acompañan al farmacéutico, un tipo a punto de llegar a la conclusión de que su vida es un trámite donde siempre falta un documento.

No oye la puerta, pero se gira. Frente a él, quieta, una marioneta vieja, con la pintura agrietada y una sonrisa roja abierta hasta donde no debería llegar una sonrisa. Los ojos, dos manchas negras que no miraban y que, aun así, parecían estar clavados en él. De sus manos y cabeza salían unos hilos que subían rectos hacia el techo; hilos tensos, hilos de alguien que tira desde algún sitio. Hilos perdidos entre la sombra.

«Estoy cansado», pensó. Siguió colocando medicamentos y la marioneta permanecía ahí. Absurda. Temible. Cuanto más la miraba, más le invadía la sensación inquietante de estar siendo evaluado. Continuó trabajando, ¿qué otra cosa iba a hacer? Mientras revisaba las recetas no dejó de percibir rigidez en sus propios gestos, una sonrisa automática y un tono de voz ficticio de atención al público. La marioneta se fue, o dejó de verla. No supo qué sería peor.

Siguió trabajando: abre, aconseja, dispensa, cobra, baja la persiana... y evita mirar hacia arriba. No por miedo a la marioneta, o no solo por ello, sino por temor a descubrir que de sus muñecas, de su cuello y de esa sonrisa de cortesía que tiene puesta hasta cuando está solo, salgan hilos finos y tensos perdiéndose en el techo. Miedo a llevar años moviéndose con una precisión que nunca fue del todo suya.