Hay un entrañable y precioso grabado, fechado en París en 1888, que se puede ver en la tercera edición del libro del astrónomo francés Camille Flammarion. Se inspira en un imaginario fraile medieval que encuentra un agujero entre el cielo y la Tierra (que sería plana). Se ve a un hombre, con túnica y bastón, que asoma su cabeza y observa un maravilloso firmamento lleno de soles, nubes, fuegos y la enorme rueda de la maquinaria cósmica, lo que yo creo que puede enlazar con la primera vía del motor inmóvil formulada por Santo Tomás de Aquino para demostrar la existencia de Dios. Quizá Flammarion pretendía burlarse del fraile.
Este grabado tuvo muchas interpretaciones filosóficas, representa quizá la eterna búsqueda del ser humano para entender el universo y acallar sus dudas existenciales, como las que tenía ahora la señora María cuando volando en avión, distanciada de la tierra y flotando entre un mar de nubes, recordaba cuando de niña tenía la misma tentación, la de ir hasta el horizonte, donde el cielo se juntaba con la tierra y ver lo que había más allá, también le asombraba ver las noches estrelladas y la luna variable y a veces se preguntaba dónde estaba el fin del universo.
Cuando las azafatas anunciaron que pronto iban a aterrizar, la señora María abrochó el cinturón y se preparó para su propio aterrizaje en la realidad del aeropuerto. Estaba su familia y el primero de todos, su nieto de cinco años, que se adelantó a preguntarle que había visto allí arriba. Ella sonrió al ver sus ojos inquietos y su carita inocente y le dijo: «Vi muchas cosas, vi cohetes que iban a posarse en la luna, vi aparatos que rodaban por Marte y vi un gran telescopio, que es como los ojos de la tierra y que está siempre oteando el firmamento a ver qué cosas encuentra; ahora mismo, como es invierno, está orbitando alrededor del sol para calentar sus baterías». Los acompañantes se reían al ver la cara de asombro del niño. Solo una pregunta del pequeño dejó desconcertada a la señora María, y fue cuando le dijo si había visto al abuelo, a los angelitos y a Jesús.
Al llegar a su aldea, preguntó a su vecino qué había de nuevo por aquellos lugares y este le respondió con la famosa frase «nada nuevo bajo el sol María».