Mi hija se fija en las decoraciones navideñas de Ribeira, tengo ganas de llevarla a Vigo, al imperio epiléptico que nos brinda anualmente don Abel. De niño, mi aportación al belén era un papel albal arrugado haciendo de río —relámpago plateado— y unos palitos chuchurríos que subía del parque y que colocaba como trampas para los pastores, tal que Arnold en la peli Depredador.
Uno puede devanarse los sesos al máximo, que al final la única decoración que importa es la de carne y hueso. Mi hermana, mi abuela dándonos dulces de contrabando, mi padre calculando cantidades de vino con ecuaciones diferenciales, mi madre supervisando gambones. Y una mesa camilla, y días de tristeza y días de ternura; y lo gris, a veces; el calor de una familia, el refugio, el pijama abrigoso de Son Goku, el turrón y la esperanza, eso siempre.
Porque la Navidad es eso: pedir ingenuamente que lo malo deje de doler, que nadie falte y que los niños sean todo lo felices que puedan antes de que la vida devuelva su bumerán de recibos. El belén es un mutante, de febrero a noviembre: figuritas de plástico que duermen en una caja del trastero y luego, durante dos meses, magia. A hoy colocando el belén con mi hija es adonde volveré cuando tenga ochenta años y esté triste.
Le cayó el halo al San José, el niño Jesús tiene una necha. Pon un jersey gracioso, no intentes abrir los regalos antes de hora. No discutas por política. Abraza. Abraza a tu madre, abraza a tu mujer y abraza, sobre todo, a tu hija. Que eso es la Navidad, un abrazo que tiene que durar todo el invierno.