Llegados al ecuador de la legislatura municipal podemos comprobar como el modelo de oposición Feijoo-PP de Madrid ha hecho escuela en algunos consistorios de Barbanza, de todos los colores. Una estrategia que empieza por no reconocer el resultado electoral —algo osado, pues culpas al votante de tu fracaso— y, a partir de ahí, ya te obligas a un in crescendo exponencial.
Este modelo solo da réditos si se consigue erosionar al gobierno de turno de forma rápida y hasta tal punto que, en el caso de los municipios, se pueda articular una moción de censura que respalde un nuevo alcalde y gobierno.
Pero tiene un grave peligro, el mismo que Feijoo empieza a percibir en su nuca, si el desgaste que provocas es poco y lento, el hastío se apodera de los ciudadanos a los que te diriges e, incluso, de tus propios compañeros. Vivir en la hipérbole, salvo para los muy fieles, es tan denso que aburre pronto. Una ópera puede ser bella y sus momentos álgidos sublimes, pero si estos duraran las dos o tres horas de la obra, sería inaguantable.
Ningún alcalde lo hace todo mal. Y una gran parte de lo que hacen mal, no es adrede (ya sé que esto no lo justifica). Pero no se pueden pasar cuatro años siendo negativo, obstruccionista, con agresividad verbal y no respetando las instituciones. Todo ello compone una estampa del opositor poco fiable como alternativa.
Si gobernar es difícil, estar en la oposición lo es más, sobre todo en municipios pequeños. Aunque en estos tiempos de radicalidad no lo parezca, hacer una oposición firme pero en positivo, con sentido común y con proyecto, es la forma más fácil de llegar al bastón de mando.