Manos habilidosas

Carmen Alborés CON CALMA

BARBANZA

Imagen de archivo de una máquina de coser
Imagen de archivo de una máquina de coser PIXABAY

05 abr 2025 . Actualizado a las 05:00 h.

L a señora María era una mujer especial, inteligente y con unas manos de oro, era muy mañosa y delicada con todo lo que tocaba y sus labores solían rozar la perfección. En su casa tenía un armario cerrado donde guardaba gran parte de sus cosas. Hoy, en un ataque de nostalgia, lo abrió. Allí estaba silenciosa, en el ángulo oscuro de su dueña, tal vez olvidada, su máquina de coser. Como el arpa en el poema de Bécquer, le acompañaban unas cajas con restos de telas de batista, algodón, piqué, lino, terciopelo, gasa, moaré, tul... En otra caja había restos de lanas de varios colores, ovillos de perlé, de rafia y pasamanería. Había también varios bastidores, agujas de calcetar y de ganchillo para hacer croché; también su regla, su escuadra y su preciosa lanzadera de marfil que ella deslizaba hábilmente entre sus dedos para hacer frivolité.

Luego abrió otra caja con muchos botones recuperados de otras prendas; los había de metal, de nácar, de asta, de carey... También conservaba colgado en la pared su viejo título de corte y confección. Y en otra caja, varias revistas antiguas de figurines de moda con preciosos dibujos de vestidos, incluso algunas traían los patrones, y también abundaban las revistas de otras labores.

Por fin, como en el séptimo sello del apocalipsis, abrió su última caja: el costurero, donde guardaba tijeras, dedales, acerico, tizas, agujas, alfileres, corchetes, broches, alamares, cremalleras, y muchas cosas más cosas que en su día fueron verdaderos tesoros y ahora estaban almacenadas sin que nadie las necesitase.

A la señora María aquella visión de su cuarto de costura se le antojaba que era el juicio final. En este posible juicio, ella estaba tranquila, pues podía mostrar las manos llenas con todas las labores que había realizado con mucho primor a lo largo de su vida. Solo temía que aquellos caballos destructores, léase las grandes firmas comerciales, eliminasen su ancestral oficio. Únicamente le consolaba pensar que nunca podrían borrar sus hermosos recuerdos como modista.