Confieso que, durante años, miré a John Wayne con desprecio. Era todo lo que se supone que, como joven moderno y pluscuamperfecto, debía luchar por desterrar. Un vestigio del pasado. El paladín de lo tradicional. Caballo de Troya del imperialismo yanqui.
Sigo siendo joven. Aunque ya no tan moderno ni pluscuamperfecto. El principio del fin de mi rabieta efébica contra lo fordiano fue Río Grande. Una de esas películas que, dicen algunos, ha envejecido mal. No solo en lo moral, sino también en lo estético. Una historia melodramática en blanco y negro. Con secundarios histriónicos y antiguos amantes que suspiran a la luz de la luna.
Yo no sé si es una historia obsoleta. Probablemente mi generación —o quizá la que viene detrás— sea la que mate definitivamente a Ford, a Fonda, a Wayne y al oeste que los parió. No sé tampoco si los que desprecian con tanto fervor todo lo que fue antes que ellos tienen razón o no —lo más probable es que tengan al menos un pedacito—.
Pero sí sé que hay pequeñas cosas universales que valen más que cualquier argumento racional, por moderno que sea. Vi Río Grande y las serenatas melancólicas de los soldados tristes me hicieron recordar todas las veces que, estando lejos, quise estar en casa.
Los que odian la nostalgia quizás son más listos. O más visionarios. Pero es que a mi me gustan las historias. Y las historias nacen de lo que ya se ha vivido. Por eso, me cuesta despeñar sin misericordia el pasado. Eso es para los revolucionarios valientes. Yo soy un tipo que ve películas muertas en busca de las pequeñas cosas universales.