Cuando en el mes de septiembre los niños regresaron a las aulas, todo el sistema educativo parecía que no tenía muy clara la lección para enfrentarse a la pandemia: los protocolos sanitarios no paraban de modificarse, el material de protección no llegaba a tiempo, a los profesores y equipos directivos se les cargaba con nuevas responsabilidades, y la mayoría de padres desconocían qué debían hacer si su hijo se contagiaba o aparecía un positivo en clase. Aunque solo han sido nueve meses -con cuatro olas de covid de por medio-, quien más y quien menos se ha adaptado a la nueva realidad.
Los primeros, los alumnos. Su esfuerzo ha sido titánico y, sin embargo, han sido los que menos se han quejado, a pesar no poder jugar con más amigos que los de su grupo burbuja, con tareas individualizadas, sin poder compartir nada, y con una constante preocupación por la limpieza y por evitar los contagios. Ellos han acatado las normas sin darle más vueltas y, cuando les ha tocado estar en cuarentena, también han sabido comportarse y quedarse en casa.
Los profesores de refuerzo también han sido claves para poder afrontar esta crisis sanitaria en los centros educativos, puesto que contar con más manos para ayudar es un factor clave para salir adelante en todo. Aunque después del verano se vuelva a las clases con gran parte de la población vacunada, el virus seguirá ahí, y poco o nada habrá cambiado con respecto a tres meses antes. Por eso es importante que, si algo ha funcionado bien en este primer curso de pandemia, ¿por qué vamos a cambiarlo?