Consecuencias


Nos hemos vuelto más desconfiados de lo que ya éramos. Esta pandemia hace estragos. Cuando el presidente de la Xunta anunció el conocido como semiconfinamiento, y declaró que las medidas estarían en vigor hasta el 17 de febrero, no hubo quien se lo creyera. Cierto es que la desescalada comenzó más tarde, pero la mayoría pensábamos que las restricciones se prolongarían más tiempo. Por lo menos algunas, como los cierres perimetrales. Principalmente, por los criterios que se habían utilizado anteriormente para decretarlos con esa ya famosa incidencia acumulada.

Ahora que vamos recuperando la movilidad y, aunque no como nos gustaría ni hasta la hora que quisiéramos, podemos pisar los bares, vuelve la desconfianza. En la cabeza de muchos está un pensamiento: ¿cuándo nos volverán a cerrar? Hay un dicho que a veces se cumple, y es que desconfía y acertarás. Lo que pasará es una incógnita y dependerá en gran medida de nosotros. Algunos expertos ya advierten de una nueva ola si, además de relajarse las medidas, nos relajamos los ciudadanos. El problema es que ya hay resignación en que va a suceder, y se opta por la idea de aprovechar mientras se pueda.

Un nuevo repunte de casos, una cuarta ola y la curva disparada sería malo para todos y a todos los niveles. Por eso, en vez de desconfiar hay que confiar en que las cosas se pueden hacer bien o, por lo menos, más o menos bien. Porque las consecuencias son inevitables y en este caso ya las conocemos. Porque cada uno se dedica, simplemente, a salvar su propio pellejo y en esta ocasión se trata de salvar el de todos, porque solo así el propio estará seguro.

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