La silla y el pupitre


Si a nuestra infancia le quitasen las pachangas en el grupo, los partidos en Trumiáns y las cafradas con agua fuerte en Coroso, no habría merecido la pena. En la escuela nos enseñaron a memorizar y escupir; en la calle aprendimos a base de golpes de qué iba esta selva a la que llamamos vida. Lo que marca siempre aguanta más en la memoria.

La pandemia ha zarandeado a miles de personas en este país. Muchas se han ido y a otras les han quedado cicatrices en la piel y el corazón que estarán ahí para siempre. Pero, por algún motivo, nos olvidamos de cómo ha sido este eterno año para los críos. Porque esta crisis ha sido un gancho en su manera de socializar, relacionarse y aprender.

Esta semana echaba un ojo a los positivos en los centros educativos de Barbanza y recordé la sensación que sentíamos desde el pupitre cuando algún compañero enfermaba y estaba semanas sin venir a clase. Por mucho que preguntásemos, nadie decía nada. Su silla vacía era la respuesta que nadie nos quería o nos podía dar.

Esa imagen se ha repetido demasiado este curso. Cientos de sillas sin dueño, cientos de amigos que no pudieron estar con sus compañeros. Por mucho que las tecnologías nos abran siempre una puerta al exterior, nunca será lo mismo que el cara a cara. No cabe duda de que los pequeños se han comportado. Y en muchos casos, de forma más madura que los propios adultos.

Hablaba el otro día con una madre que me decía que los chavales estaban apagados. No les culpo. Ya va siendo hora de que dejen de comportarse como mayores, vuelvan a ser niños y recuperen, sin miedo, su silla en el pupitre.

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