El acto de lavarse la cara


Hoy es el cumpleaños de mi madre, a la que tengo que agradecer, entre otras tantas cosas, el haberme enseñado dos de los grandes actos de rebeldía: leer y lavar la cara. Salir de cama es un acto de superación, una afirmación personal ante la oscuridad. La ceremonia de enfrentarse a un nuevo día alcanza la cumbre al arquear las manos como un cuenco de arcilla, ponerlas bajo el grifo y sumergir el rostro en esa pequeña laguna donde flota todo lo que no está perdido. Me lavo la cara porque cada mañana me doy una nueva oportunidad.

Mi madre me dio todas las herramientas del mundo para ser un gran explorador, pero yo no tenía ni idea de qué estaba buscando... Hay una playa en Vigo, cuando anochece pasea un hombre mayor con un detector de metales. A veces me quedaba mirándolo mientras tomaba algo con mis primos. Uno de ellos encontró algo entre la arena, una especie de sortija y se la acercó a aquel señor.

Mi primo volvió con la sortija. Aquel hombre se lo había agradecido pero le dijo que él buscaba para buscar, eso era lo que le gustaba, el proceso. Encontrar algo era lo que menos importaba. Supongo que se encontraba a sí mismo en la búsqueda. Como el que disfruta de correr y no quiere llegar a ninguna parte, como el que disfruta de leer y no quiere que el libro acabe. Como cuando el agua de la mañana me moja la cara y no quiero que acabe, porque vuelvo a mi infancia y el detector de metales hace bip, bip, bip, porque detecta el oro del corazón de mi madre y por unos segundos me siento el hombre más rico de toda la playa. Feliz cumple, mamá.

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