Algo en las cosas rotas


Cuando Mike Tyson era más martillo hidráulico que persona cruzó sus pasos con Buster Douglas. Tyson llevaba 37 victorias seguidas y las apuestas estaban cincuenta a uno a su favor. Douglas era solo un nombre más en la lista de ovejas a ser sacrificadas por aquel aterrador sepulturero. Contra todo pronóstico, Buster Douglas noqueó a Iron Mike en el décimo asalto. Dos semanas antes del combate, la madre de Buster había muerto, no sin que antes el púgil le hubiese jurado en el mismo lecho que «iba a ganar por ella».

Pocas cosas tienen más fuerza que Mike Tyson, quizá solo una promesa sincera a una madre fallecida la tenga. La vida, a veces, es tan extraña que cuando algo en nosotros cae, algo simultáneamente se levanta. Algo que está directamente relacionado con la decencia de espíritu. Algo frágil e imperecedero que nos desviste hasta dejarnos a solas con un sentimiento que merece la pena: cometo errores, pero no soy un error. Ahí se empieza a ganar la pelea.

Me gusta contemplar las cosas rotas. Me gustan las ánforas griegas, los Cadillac, los rivales de Tyson y, a veces, tú. Suelo ver vídeos de restauraciones. Hay cosas que no pueden ser arregladas, pero otras sí, aunque lleven años esperando. Quizás solo necesitan un tornillo, dos tuercas, una capa de pintura, un perdón o una promesa. Las cosas rotas tienen su sabiduría y su ritmo. Saben callar y saben decir gracias. Saben envejecer contigo. Y, dado el momento, como Buster Douglas, saben susurrarte que, no es que el hombre sea bueno por naturaleza, es que tiene algo mejor, la capacidad de serlo.

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