Residencias de mayores

José Vicente Domínguez
josé vicente domínguez LATITUD 42°-34?, 8 N

BARBANZA

L as personas mayores, salvo raras excepciones, prefieren pasar en su casa los últimos años de sus vidas. Claro está que, en la dura lucha por la subsistencia, no todas se lo pueden permitir. Cuenta Camilo José Cela en Esas nubes que pasan (su primera novela), como una tía suya, agonizante, era encaminada al más allá por unas monjitas: «Ay hermana, que suerte la tuya, que pronto estarás en la casa de Dios», a lo que ella contestaba: «Ai si, pero como na casa de cada un…» Permítanme esta banalidad para suavizar la que está cayendo en las residencias y dar pie a la necesidad de modificar el concepto de alojamientos de mayores y, sobre todo, de los considerados mayores autónomos. La opción nórdica de housing, que podemos traducir como cuidado domiciliario, se está imponiendo como la más humana para el bienestar de las personas supervivientes de la dura actividad laboral.

Siendo conscientes de que tal opción no es factible en todos los casos, o al menos difícil para los considerados grandes dependientes, es hora de romper con el estereotipo de alojamientos colmena, en edificios de pisos en los que llegan a convivir más de 25 personas por planta -por grande que sea la planta- como bien a la vista está entre nosotros. ¡Y tanto a la vista! En lo más parecido a un escaparate de personas a las que se les priva de uno de sus mayores derechos: el de la intimidad.

En los pueblos de nuestro entorno, rodeados de amplios espacios verdes y soleados, no se entiende muy bien, más allá de ciertos intereses económicos, como las residencias no se ubican en lugares en los que puedan disponer de amplias zonas ajardinadas, en donde los residentes puedan gozar de las ventajas de la naturaleza. Hay estudios contrastados en los que se concluye que el disfrute de zonas arboladas y ajardinadas reduce el dolor, mejora el control del estrés, disminuye la agresividad en mayores con alzhéimer, reduce el uso de medicación, elimina al mínimo el riesgo de caídas...

¿Se pueden imaginar a nuestros seres queridos disfrutando de una residencia en la que puedan caminar por senderos adaptados, cuidar minihuertos, regar plantas, observar el trino y el vuelo de las aves más allá de las gaviotas? Es posible que ello sea difícil en las grandes urbes, en donde la especulación del suelo lo haga prohibitivo. Pero en nuestra comarca, rodeada de vegetación improductiva, tan solo es cuestión de sensibilidad y voluntad. Sí, naturalmente; un fluido y gratuito transporte para facilitar las visitas y el disfrute de los residentes, aun contribuiría más al merecido bienestar de nuestros mayores.

No huyamos de la realidad. El respeto a la intimidad y a la voluntad de las personas, las hace merecedoras de algo diferente al hacinamiento en edificios tipo colmena, en donde, desgraciadamente, vemos como prolifera el contagio de rebaño. Es una cuestión de prioridades.