Anticarta a los Reyes Magos


Queridos Reyes Magos, como este año he sido menos crápula, ya ustedes habrán visto que no he salido de marcha hasta el alba con tenacidad de ajedrecista como los dos decenios anteriores (sí, bueno, quizá también fue por la pandemia) y como, más allá de ansiar una bárbara biblioteca, no soy demasiado materialista, quisiera pedirles que no me traigan nada, pero sí que se lleven unas cuantas cosas y las arrojen a Sagitario A, el agujero negro central de la Vía Láctea. A saber:

Llévense a la gente que dice «zona de confort» y «trolear». Llévense también mi obsesión por ser feliz, el 2020, al Congreso entero, la piña de las pizzas, el Buscaminas, las cacas de perro de la calle peatonal, lo mal que conservo mis amistades a pesar de cuánto pienso en ellas, los calcetines rotos, los pies fríos, las pajitas -de plástico-, los días en que ella me lee y no le parezco Homero, todas las series que «mejoran en la tercera temporada», la familia Pantoja al completo y las sales raras; solo hay dos tipos de sal aceptables: la fina y la gruesa, el resto -de escamas, del Peloponeso, de loto, del Himalaya- sobran.

Llévense los desodorantes que garantizan 10 años de efectividad y duran nanosegundos. Llévense los alerones y los tubos de escape ruidosos, la gente que opina de todo, las alarmas del despertador, las legañas, la USC, la desilusión, las ensaladas, las colas y… bueno, si pudiesen, hoy es el cumpleaños de mi abuela Oliva, si la ven por el cielo, díganle lo que han visto y díganle que es por ella, que su nieto no siempre consigue ser bueno, pero todos los días lo intenta.

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